ESCAMBRAY

© ESTUDIO ABAD FOTOGRAFÍA

Saliendo de Trinidad en dirección a Santa Clara se puede elegir entre dos rutas, una más directa y la otra subiendo por las montañas de Escambray. Esta última nos la recomendó Danilo, por la belleza de su vegetación y por la historia que duerme en su selva, importante, pero no tan conocida como la famosa Sierra Maestra.

A la salida del pueblo junto a la parada del autobús se amontona la gente esperando el transporte, uno de los problemas cotidianos en Cuba. Como vamos los dos en un coche alquilado y nos sobra sitio, paramos, y sin tiempo de ofrecernos a llevar a alguien se abalanzan sobre el coche decenas de personas.

–   Van para Escambray?

  • Si, pero calma, calma, solo podemos llevar a 3 personas.

Una mujer joven con mucha autoridad, ante el caos que se forma cuando varios de ellos intentan subir al coche, toma el mando, y empieza a organizar.

  • la viejita, lleven ustedes a la viejita que lleva aquí muchas horas.

Ella está al fondo, sentada en la parada del autobús y con mucha gente delante, la joven se abre paso y la va a buscar y entre varios la ayudan a cargar sus bolsas y la suben al coche junto con dos mujeres más, una de mediana edad y una estudiante muy joven.

Todo este episodio sucede sin que tengamos ninguna intervención ni opinión, hay una increíble organización colectiva que coge, lleva, decide y sienta a estas tres mujeres en nuestro coche.

Adiós y buen viaje, nos desean.

Y así iniciamos la subida a la sierra de Escambray por una empinada carretera con muchas curvas y un firme en mal estado. El coche, suficiente para dos y muy pequeño para cinco sube renqueando y en primera por las cuestas, y al rato dejamos de preocuparnos por su salud y su resistencia al superar las primeras subidas y empezamos a disfrutar del increíble paisaje.

Montañas y montañas exuberantes y llenas de todos los matices del color verde, claro, oscuro, vibrante, impenetrable, salpicadas de flores naranjas, amarillas y blancas, como pinceladas de colores en un mar de verdor.

Nos admira toda esa belleza natural, completamente salvaje, sin caminos ni casas, sin civilización.

Lo comentamos con nuestras pasajeras que se suman a nuestros comentarios, orgullosas de sus montañas.

Las miramos con más atención mientras van comentando. La joven estudiante apenas habla, solo cuando le preguntan por el curso, donde vive y poco más. Es una joven tímida, seria y viaja con el ceño fruncido, no sabemos si de prisa o de preocupación. No mira el paisaje, solo de frente y se apea en el primer pueblo que encontramos, cuatro casas al borde de la carretera que viven del cultivo de café.

La mujer de mediana edad se llama Lucinda, es dicharachera y amigable y está muy agradecida por el viaje, está acostumbrada a pasar muchas horas de espera para poder subir a su casa.

  • “por esta Sierra pasan muy pocos coches”

Es una mujer muy culta que nos va contando la importancia de la Sierra durante la Revolución y nos señala los nombres de las flores, los ríos y las plantas.

Nos habla de los lugares, su nombre y su significado, los hechos que ocurrieron, quien vive allá y como se vive en la Sierra.

Nos pide que paremos en el mirador de Hanabanilla, sobre el río del mismo nombre, para disfrutar de la vegetación. Helechos arborescentes, palmeras, pinos, el framboyán y un arbusto con unas flores naranja repartidas de cuando en cuando entre el verde.

Un espectáculo natural de colores exuberantes. Recogemos unas cuantas flores blancas que nos señalan como la flor nacional, “la mariposa”, muy grande, de color blanco y con un olor exquisito. Nos bajamos todas y vamos cogiéndolas y llenando el coche con su fragancia.

Pasamos por Tope de Collantes, una zona de cafetales y también de veraneo, con un balneario enorme de construcción y estética soviética. “Allí es donde la gente va a ponerse en forma, corren, les ponen a dieta y les dan masajes”, nos va contando Lucinda un poco antes de bajarse en Tope, aquí está su casa y después de la invitación a un cafecito, nos despedimos.

Continuamos el viaje acompañados por la viejita que hasta ahora había hablado muy poco, solo para confirmar los comentarios que hacía Lucinda.

-Y usted a donde va?

-Yo voy a mi pueblo, un pueblo muy pequeño bajando la montaña, ya les digo yo.

  • Y usted recuerda la Revolución?
  • Si hija sí, la recuerdo muy bien, yo era muy joven

Y nos cuenta:

“Mientras el Ché llegaba a Escambray y negociaba con los capitanes, yo vivía en la Sierra y observaba sorprendida y maravillada a todos aquellos hombres, barbudos, armados y con la determinación en la mirada. Tan sucios y necesitados como mi familia y todas las familias que vivían en el pueblo, un pequeño pueblo en medio de la sierra llamado Felicidad”.

“A mi pueblo no llegaba el ejercito regular, no llegaba la política, no llegaban los excesos de Batista, a mi pueblo solo llegaba la pobreza, el aislamiento y el analfabetismo. Apenas habíamos salido de la sierra, y cuando llegaron los revolucionarios y nos hablaron de justicia, de reparto, de cultura o de la reforma agraria, no entendíamos, pero nos sonaba bien”.

“A mi ya me cogió un poco mayor, comentaba la viejita, y no quise estudiar, yo solo quería casarme e irme a vivir fuera de Felicidad, lejos de la montaña, a un lugar en el que hubiera mucha gente, tiendas, coches y que estuviera cerca del mar”.

“Mis hermanos se sumaron a la Revolución y pudieron estudiar y salir de la miseria en la que vivíamos. Aprendieron a leer y a escribir, nadie de mi familia sabía, eso fue lo mejor”.

“Hoy vuelvo a mi pueblo, a ver a mi nieta, que tuvo una bebita. Ven ustedes, al final de este camino hay unas pocas casas, muy pocas, allí vive mi nieta, volvió para el pueblo y se quiere quedar aquí. Yo vengo a verla, a pasar con ella unos días, a disfrutar de la bebita y a recordar”.

“Pero no me quiero quedar, no, no me quiero quedar en Felicidad”

Busco en el libro “Pasajes de la Guerra Revolucionaria”, en el capítulo titulado “Un pecado de la Revolución”. Así relata el Ché su llegada a la sierra de Escambray

“Llegamos al Escambray y acampamos cerca del pico denominado Del Obispo, que se ve de la ciudad de Sancti Spíritus y tiene una cruz en su cima. Allí pudimos establecer nuestro primer campamento e inmediatamente indagamos por una casa donde debía esperarnos uno de los artículos más preciados del guerrillero: los zapatos. No había zapatos, se los habían llevado las fuerzas del Segundo Frente del Escambray, a pesar de que habían sido logrados por la organización 26 de Julio. Todo amenazaba tormenta, sin embargo, logramos mantenernos serenos………”

© Mabel Pérez Simal

© ESTUDIO ABAD FOTOGRAFÍA

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