Mujeres Refugiadas

Yamila_MG_4719Yamila  Abdullah en su jaima del campo de Katsikas. Grecia

Que la lectura sana es cierto, y la escritura también. Estás aquí miras y compartes conversaciones, oyes y escribes. Es como cuando sueltas el suspiro que te ahoga y te quedas mejor, y yo al escribirlo también.

A final del día con las emociones acumuladas recuerdas lo vivido, las caras y los nombres, las sonrisas, las miradas, las mujeres y las niñas tan vulnerables, el entorno, ese tiempo detenido en que se convirtió su vida. Te estremece verlas lavando su ropa, ordenando su tienda y sus escasas pertenencias, apenas lo que pudieron sacar y sobre todo lo que pueden transportar. Peinan a sus niñas, buscan agua, hacen cola para la comida, la ropa, el calzado, comentan entre ellas y en ocasiones sonríen, incluso en algunos momentos las oyes reírse, con una risa liberadora y cómplice. Unos segundos en los que se alegran sus ojos oscuros y amables.

Mujeres refugiadas que trajinan por el campo ocupando su tiempo en tareas cotidianas, menudas y vestidas de formas diversas, más tradicional o menos y, en la mayoría de los casos, con el pañuelo que tapa su pelo y su cuello. Que hacen cola para casi todo en filas separadas de los hombres y que mantienen la distancia que su cultura les dicta. Se comunican con las mujeres voluntarias, se encuentran cómodas cuando entras en su jaima y te sientas a charlar y a tomar un té, y a  pesar de su escaso vocabulario en inglés siempre hay una hija o un nieto que traduce.

Con el pasar de los días y de las conversaciones empiezas a apreciar las diferencias entre ellas, diferentes países, formación, edad y carácter establecen los matices.

Mujeres grandes y curtidas como la madre de Zhara, alta y moviéndose por el campo  con determinación, decidida a buscarle un futuro a su hija, sola, su marido está encarcelado en Siria.

Mujeres mayores como Sma, abuela de 5 nietos todos chicos, con los que huyó después de que asesinaran a sus padres y que la obedecen sin rechistar.

Mujeres tapadas y discretas en público que saben que su seguridad está con sus maridos en un entorno hostil en el todo es más difícil para ellas.

Fareeda mujer del Kurdistán, orgullosa y amable. Las valientes mujeres kurdas acostumbradas a pelear y a defender a su familia, y también a su pueblo, perseguido en los distintos países que componen su patria.

Y también está Yamila, mujer de 62 años que viaja sola.

Yamila vivía en Damasco, Siria, en el campo de refugiados de Yarmouk. Sus padres eran palestinos de Akka y huyeron de Palestina en 1.948, después de la invasión israelí, cuando eran unos niños de 12 y 13 años. Se conocieron en Siria y se casaron y allí nació Yamila, en una familia muy numerosa. Nació y creció en Yarmouk un campo que era como una ciudad.

Cuando se murió su marido, hace un año, decidió abandonar Siria viajando con unos  vecinos porque no se sentía segura allí. Al poco de iniciar el viaje la quisieron abandonar y llevarse su dinero, ella les dijo que eran como el Daes y consiguió irse, aunque intentaron pegarle.

Viajó hasta el norte, muy tapada y de color negro, en un grupo de cuatro personas a las que encontró y que la acompañaron. En la frontera entre Siria y Turquía les dispararon.

  • La policía disparaba a las personas que intentaban pasar, le pagué a un hombre para que me ayudara, cogió el dinero y me empujó.
  • Ese fue mi viaje, todo el tiempo me caí y me levanté.

Pagó 700$ para llegar a la frontera y otros 1.000$ para pasar a Turquía. Atravesaron Turquía y llegaron al mar, allí pagaron a otro traficante para cruzar en un bote por 700$, en el que venían muy apretados y varias personas murieron en la travesía. Después de 4 horas de lluvia y olas altas, con la policía turca disparando al salir, consiguieron llegar a Lesbos, el 19 de marzo.

En ferry a Atenas y en bus al campo de Katsikas, en Ioannina, al que llegó el 20 de marzo.

El resumen del viaje de Yamila es: “Todo lo malo lo hemos visto y nos ha pasado”

  • ¿Qué esperas Yamila?
  • Nos dijeron que los países de la Unión Europea se repartirían a las personas refugiadas y estoy esperando para poder reunirme con mis hijas, dos, que están en Alemania con sus maridos, otras dos se quedaron en Siria. Espero que me reciban allí, además tengo los mismos años que Ángela Merkel.

Y Yamila se ríe, se ríe mucho, te cuenta sus penas y a continuación te regala una enorme sonrisa que le ocupa toda la cara, le quita pena a su relato porque ella quiere vivir la vida con alegría.

  • Siempre sonríes Yamila
  • Sí, porque es mi sentimiento, odio la tristeza, si me caigo me levanto, siempre de pie. Estoy viva.

Camila es una enorme mujer, orgullosa de su nación, Palestina, consciente de las dificultades que aún le esperan y con la determinación y la fuerza que le permitieron llegar hasta aquí. Dos horas de charla sentadas en la Jaima de Yamila son el mejor estimulante, y permanecerá en mi pensamiento para iluminar, con su sonrisa, los más grises días del invierno.

Todas y muchas más mujeres refugiadas, que a pesar de la dureza del viaje y de su vida en el campo mantienen la energía, la fuerza, y a las que reconozco en la mirada. No importa la ropa, el pañuelo, ni el color, ni la lengua. Al mirarnos a los ojos descubrimos todo lo que tenemos en común. Somos todas.

© Mabel Pérez Simal

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