TRINIDAD

cuba, trinidad,, cuba, trinidad, 2000

Las casas y sus colores en Trinidad son un retrato vivo y colorista del paseo por esta ciudad.

Trinidad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988, y es una muestra de paisaje urbano original construido a mediados del siglo XIX, cuando aquí se producía la tercera parte del azúcar de la isla.

Una muestra de azules, amarillos y verdes, de tejados de tejas oscuras y mezcladas y con enormes rejas en las altas ventanas, sencillas o más elaboradas pero siempre tan altas, desde el suelo al techo de las casas.

Casas con actitud, volcadas a la calle, sin pudor, abiertas al atardecer y al fresco. Cuando paseas por sus calles, sin querer, ves todo lo que sucede en la intimidad del interior.

Cubanos que descansan sentados en sus sillas y se balancean viendo la televisión, en contacto directo con todo el que pasa, viendo el programa e interrumpiendo para saludar.

El tono es relajado, de tomar el fresco, algunos lo acompañan con un roncito mientras ven la tele o tocan la guitarra. Ahora es tiempo de descanso, ya mañana por la mañana empieza de nuevo el trabajo, y hay que “solucionar”.

Esto ocurre en cualquier parte del mundo, pero no sé, aquí en Cuba ese tiempo de oscuridad y de relax tiene un tono más cálido y vital. Será el Caribe o el descanso después de la pelea por la dignidad.

Son las nueve de la mañana, aprieta el calor y solo apetece sentarse debajo de una sombra y mirar, a las cubanas que caminan lento mezcladas con algunos turistas, pocos, a las niñas uniformadas y llenas de trenzas, a un hombre mayor que empuja una carretilla con más años que él, escenas cotidianas interrumpidas de cuando en cuando por el paso de un caballo, menudo, con un jinete que parece sacado de la historia y que avanza a paso lento golpeando con sus cascos las calles empedradas de Trinidad.

Estoy sentada en las escaleras que suben a la Casa de la Música, con la Plaza delante y viendo pasar el mundo que camina pausado por su suelo adoquinado. En un local aquí al lado empiezan a ensayar los músicos y sus notas acompañan el calor y el paisaje.

Perfecta la escena. Calles empedradas, calor caribeño, casas de vivos colores, la sombra de un árbol frondoso bajo la que sentarse y un jinete que cruza la plaza al paso.

 Donde estoy?, en que época estoy?

 Tiempo detenido y lento, cadencioso.

 Bien por Trinidad, pero no para un recorrido turístico y rápido, no, para pasearla, para sentarse a mirar y escucharla.

 Seguimos el sonido de la música y entramos en El Palenque de los Congos Reales, están ensayando. Nos podemos quedar?, Si, claro, que quieren tomar?

Continúa la música, el son que acompaña a hombres y mujeres bailando, todos negros y moviéndose de forma sensual y coordinada. Parando, corrigiendo, repitiendo. Un, dos, tres, desde el anterior movimiento.

El director de escena desde abajo los va llamando, sube y les explica algunos pasos de baile. Calor y sudor.

Mientras nos tomamos una copa en la terraza emparrada, el encargado del local se acerca, le invitamos a acompañarnos y nos cuenta algunas de las historias que perviven en la ciudad, las de los terratenientes de las grandes plantaciones de azúcar del siglo XIX, historias de asesinatos, pasiones y venganzas.

Música, baile, truculentas historias, calor y color, todo junto en Trinidad. Os lo recomiendo.

© Mabel Pérez Simal

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *