Voluntarias

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Cristina lleva dos meses en el campo de Katsikas, cerca de Ioannina, y hasta ayer contuvo las lágrimas. El trabajo duro de cada día al ocuparse de tantas necesidades, el cansancio y la energía que despliega mantienen sus sentimientos a raya. Pero desde ayer cambió su actividad. Dejó de ocuparse de la escuela, del baby hamman, de la intendencia en general y se va a centrar en visitar las tiendas y hablar con las familias para pedirles “paciencia”, para intentar que no se desesperen ante los retrasos en las respuestas oficiales y la urgente necesidad de una alternativa vital, de un papel, de una expectativa de futuro. En este momento es una labor fundamental, ya que además de la comida y la ropa necesitan esperanza. Cris, Laura y María están en ello y es lo que más duele.

En el puerto de Pireo, en Atenas, una mujer mayor baja cada día al campo improvisado en medio de los muelles acompañada de su carrito de la compra. Camina despacio pero con mucha determinación por la acera, estrecha y demasiado pegada a los camiones que con su pasar continuo lo llenan todo de actividad y ruido. Es muy conocida por las personas que allí sobreviven, sobre todo por las más jóvenes que en cuanto llega se acercan a ver que les trae hoy. Camisetas, pantalones, galletas, o algún juguete son el tesoro que, como una maga, saca de su carrito de la compra y reparte. Charla, pasa un rato con ellos y se despide. Mañana, como cada día, llevará su pequeña aportación en la que colaboran sus vecinas. Sin discursos ni propagandas, ella, su carrito y su solidaridad.

Muy cerca tres mujeres, abuelas nórdicas, están repartiendo material de aseo aportado por su pequeña ong local. Varias jarras de té en una mesa de camping añaden un plus al rato de charla y descanso para todas las que nos acercamos a saludar.

Un pequeño revuelo altera la calma y el calor del Puerto, y todos se sorprenden cuando se acerca un autobús hasta la puerta del almacén del que baja un grupo de adolescentes estadounidenses. Descargan ropa, calzado y comida con la que van llenando las estanterías, ya casi vacías, de productos de limpieza y leche. Nos presentan a Marie una mujer mormona, de UTAH, que al saber en qué condiciones estaban allí las personas refugiadas decidieron hacer esta donación.

Jordi es Doctor en Economía y en EKO y otros campos del noroeste de Grecia va poniendo en marcha su proyecto de microcréditos para jóvenes refugiados que viajan solos. Sigue en contacto con ellos esperando que consigan su sueño de estudiar, de trabajar y de ayudar a salir a sus familias.

Rubén llegó curtido en mil rescates y situaciones difíciles, y nos cuenta cómo fue su entrada en Idomeni a repartir las bolsas de comida. “Ese primer contacto con el campo fue un golpe emocional tan intenso qué los ojos se me llenaron de lágrimas” “Cuando llegas el impacto es muy fuerte y durante dos o tres días te preguntas ¿como es posible que esto suceda?”

Isi llegó desde Canarias a Katsikas para trabajar con los más peques en la guardería, y ya lleva dos meses. “Los primeros días fueron los más complicados, en cuanto sacaba los juguetes los cogían y salían corriendo, su obsesión era llevarse todo lo que podían. Es normal, no tienen nada. Cada día traía nuevos juguetes, uno y otro y otro, hasta que entendieron que podíamos jugar y que al día siguiente los volvería a traer, y empezaron a disfrutarlo, y yo también” “También tuve alguna dificultad con la integración de pequeños de diferentes países, no querían jugar juntos, hasta que entendieron que el juego no es lo mismo sin colaboración y que se necesitan”. “A partir de ahí todo fue mejor”.

Isi camina por el campo con varios peques colgados del cuello, de los brazos o abrazados a sus piernas, igual que Carola. Tienen como un imán que atrae a niños y niñas que se echan en sus brazos y sus cuerpos acogedores. Carola es todo amor y comprensión, tiene una enorme paciencia y empatía. Ella no es personal sanitario o bombero, los imprescindibles, ella, al igual que muchas otras personas, viene con la voluntad de hacer más agradable la precaria vida de mayores y pequeñas, y asume todas las tareas necesarias para intentar mejorar su vida: colocar y ordenar el almacén, repartir comida, ropa, material de aseo, ir a la compra o atender las urgencias con que cada día amanece el campo.

Alfi da clases de teatro y de payaso en el campo de Katsikas “Tengo un horario de clases a las que acuden niños y niñas y algunos hombres adultos, las mujeres no pueden porque soy hombre” “Este es el final de un viaje en bicicleta que dura tres años y me siento bien haciéndoles reír un rato, y poder enseñarles y aprender con ellos este lenguaje internacional”

María, Berta, Chus y Paz, Candela, Lucena, Mima, Patricia, Mª José, Ramón, Maca, Olga o Gus son algunas de las personas, muchas más, que conocimos en los campos informales de Polykastro y en el campo militar de Katsikas, y con los que compartimos sentimientos y trabajo, sudores y enfados, desesperación y miradas cómplices. Son también con los que al caer la noche comentamos los sucesos del día, las risas y en alguna ocasión la música de la guitarra de Marcos en el bar de María o la cafetería del Park Hotel.

Charla fluida entre personas desconocidas y diferentes con las que compartes la decisión de estar aquí. Si estamos aquí ya tenemos mucho en común.

© Mabel Pérez Simal

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