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El viaje y el camino

 

 

La mayoría de las veces viajamos acompañadas de una, de dos o tres personas, o cinco o incluso de diez u once -vivímos todas las experiencias-, y a pesar de “algún que otro  contratiempo” y de escuchar a algunas amigas entusiasmadas contando sus viajes en solitario, prefiero viajar en compañía.

A medida que vamos creciendo, en edad y en experiencias, se afina la intuición y ya sabemos con quien no viajaremos nunca, pero nunca nunca, y con quien nos gustaría viajar. Amigos y amigas en las que intuimos curiosidades comunes por su forma de mirar, de entender y de estar, y sabemos, que en cualquier situación y lugar aunque pueda haber sorpresas, nos entenderemos.

Algunas personas en cuanto cambian de lugar y se ponen en modo viaje se transforman. Te las encuentras en el aeropuerto y te cuesta reconocerlas dentro de esa ropa inusual, de colores o de verde safari, dependiendo del destino. Y las sorpresas no hacen más que empezar: el calor, el frío del aire acondicionado, la comida, el hotel, la cama, la almohada, cualquier inconveniente se convierte en un problema.

Está claro que no supimos entender lo que cada una quería. Un error ante el que debemos intentar disfrutar del viaje, limitar los daños y quitar peso a las quejas para no perder la amistad. A la vuelta los situamos en el grupo de los de “nunca nunca”. Estos pensamientos me rondaban la cabeza cuando empezamos a hablar, Clara y yo, de la posibilidad de hacer juntas unas etapas del camino de Santiago. Un viaje que fue abriéndose paso poco a poco como idea romántica de caminantas, y cada día a la hora del café el “podríamos” se concretaba un poco más: “tres o cuatro etapas, un camino laico, sin compostela ni sellos, por el placer de caminar, a nuestro ritmo, sin presiones ni metas, sin albergues”, y de ahí pasamos al cálculo de las etapas, de los tiempos, del peso de la mochila y las reservas en hoteles y pequeñas casas rurales.

Solo quedaba algo por resolver. Como sería la convivencia de las dos durante 24 horas y varios días? Y las costumbres? Y las manías? Encajarían? Y si Clara quiere caminar en silencio y yo hablar? Y si ella quiere salir y yo quedarme a descansar? Nos apetecerá comer o cenar a la misma hora? Tomar una copa o acostarnos pronto?

Eran tantas preguntas que decidimos que lo mejor era intentar contestarlas antes de salir. Si habíamos dedicado un tiempo a comprar calcetines adecuados, camisetas de secado rápido, reservas y demás, como no íbamos a tomarnos un tiempo para poner en común nuestras expectativas ante el viaje, el ritmo al que nos gustaría caminar, las pausas, los silencios y los momentos de soledad, la libertad de decir realmente lo que te apetece, sin compromiso ni obligación.

La preparación previa del “como te quieres sentir”, es más importante del “como te vas a vestir” y pienso que en algunos viajes le había dedicado poco tiempo.

©Mabel Pérez Simal

 

Clara viaja en tren

Clara viaja en el tren de cercanías con la misma rutina de paisajes y gentes. Pero para ella hoy es un día diferente, apenas pudo dormir y el cansancio y la inquietud se reflejan en su rostro en el que las ojeras se hunden un poco más en el azul.

Ha de tomar una decisión y sabe que es la más importante de su vida. Está llena de dudas y tras varias noches de vueltas y vueltas, sigue en el mismo sitio. Su cabeza no para, pero no la ve.

Viaja en el tren mirando al vacío cuando por su mirada se cruza una mariposa llena de colores, azules, verdes y amarillos que aletean en sus grandes alas, con delicadeza va posándose en los respaldos, muy cerca de las cabezas, pero sin tocarlas.

Clara no puede dejar de mirar esas alas tan delicadas y vivas siguiendo su vuelo por todo el tren; nadie parece darse cuenta de su presencia, solo ella, y disfruta de toda la belleza  de esta viajera sin billete que se coló en el tren.

Al llegar,  la mariposa es la primera en salir y se pierde en el cielo de estación.

Clara sale unos cuantos viajeros después, pero ya no está. Mira hacia arriba buscándola y sonríe al darse cuenta de que acaba de tomar su decisión.

©Mabel Pérez Simal

ALL GIRL GETAWAYS

La mayoría de los relatos contados en este blog son de viajes en compañía, excepto un par de ellos que los hice sola. Sola para pasear y sentarme a ver pasar a la gente. Sola para comer cuando quiera o aprovechar la hora de no comer para descubrir una joya en esa librería vista al pasar. Sola para descubrir rincones, para escuchar silencios y también para confirmar que el tiempo se multiplica cuando no lo compartes.

En un artículo hablando de mujeres viajeras comentaba Cristina Morató: “El fenómeno ya tiene nombre en EEUU “All girl getaways” y empieza a ponerse de moda en España, en donde la población femenina es el 70% de la clientela de las agencias de viajes…”

Estos números coinciden con otros que publican de cuando en cuando, y que nos cuentan que a los cines y teatros acudimos más las mujeres, que compramos y leemos más libros, visitamos exposiciones y ahora sé que también viajamos más.

Pensando en ello voy recordando a algunas de las mujeres a las que conocí viajando solas, pocas, pero todas mujeres decididas y de sonrisa fácil y abierta, curiosas y siempre dispuestas para la conversación.

Kayla es una mujer joven, grande, enérgica y australiana que viaja con su mochila y su tablero de ajedrez plegable, un lenguaje universal. Los días en que coincidimos -en el barco y en una pequeña isla del archipiélago de Indonesia-, era habitual verla echando una partida con un pescador, un taxista o el cocinero del pequeño hotel.

Solange es una mujer francesa, alta y con unos preciosos rizos canosos cayendo sobre su cara sudada. Estábamos llegando al final de una de las etapas del Camino de Santiago, de las primeras que atraviesan Navarra, y la encontramos sentada en una roca un poco sofocada. Descansamos con ella y compartimos el agua y la charla sobre el esfuerzo, la edad o los motivos, y caminamos juntas hasta el pueblo final de etapa para todas. Cenar con ella en el bar del hotel disfrutando de su elegancia y sofisticación fue un placer, al que se sumaron sus historias de viajera permanente a lo largo de sus casi 85 años.

Maruja presumía de ser una mujer corriente, y todo en ella lo parecía. No había ningún rasgo llamativo en esta mujer de setenta y dos años que nos contaba una vida dedicada a su marido y a criar a sus hijas, sin apenas salir de su ciudad en una capital de provincia. Todo muy convencional, hasta el día en que se quedó viuda y decidió viajar. La conocimos en Shanghai, en el hotel Europa y compartimos una tetera y unas horas deliciosas escuchando sus impresiones sobre la India o Japón, sobre lo que le había gustado de Brasil o de Argentina, de las ganas que tenía de viajar al África Central y de sus dudas sobre el calor. Estaba conociendo los lugares más lejanos, nos explicaba, porque la vieja Europa ya la dejaba para cuando se hiciera mayor y tuviera menos energía.

María es gallega y amante del Caribe, y esto es literal. Amante del calor, del agua turquesa y la arena, de la poca ropa y el daiquiri, la comida y el relax que le ofrecían en ese hotel de todo incluido, en el que poder descansar y cargarse de energía. El encuentro ocasional con algún joven de la isla, eso sí muy protegida, formaba parte de las vacaciones y del disfrute sin compromisos. Creo que intentaba escandalizarme con los detalles cuando coincidimos tomando una copa en la playa.

Fernanda vivía en Madrid y un día decidió dejar su trabajo e irse. Nos encontramos en un campo de personas refugiadas en Grecia y al final del día y de las tareas hablamos del porqué de su viaje y nos contó. Después de varios años de trabajo intenso en una empresa tecnológica, de ser la mejor, la imprescindible, la que no mira el reloj ni la vida, había decidido pedir una excedencia por dos años y viajar. Su familia y amigos creían que se cansaría pronto y volvería, ella no. Unos meses colaborando con una ong y luego no sé, habrá algún otro lugar.

Mujeres y más mujeres a las que admiro, a todas, por su decisión de viajar movidas por sus ganas de conocer lugares y gentes de todo el mundo. Una inquietud maravillosa.

©Mabel Pérez Simal