SÁLVORA

Embarcamos no Grove rumbo á nosa primeira viaxe á illa de Sálvora. No catamarán, rodeados de turistas, imos un grupo de amigos, Juanzi e Marisa, Alfredo, Lía e Salgado, Jose e eu, con espírito excursionista e curiosidade por esta illa, unha das do Parque Illas Atlánticas. Sálvora é a máis descoñecida e menos visitada, talvez porque nela non hai xente, nin actividade, nin bares; non hai máis ca o faro, o seu fareiro e dous vixilantes do parque.

O mar calmo e a néboa acompáñannos toda a viaxe, esa bruma cerúlea que se mestura co azul metálico do mar, nun horizonte único e frío. A travesía, dunha hora máis ou menos, vainos botando da ría de Arousa, nunha ruta festonada de bateas: mil seiscentas apértanse na ría, coas súas cordas bambeando ao compás das correntes que engordan mexillóns e ostras.

Unha liña de ondas a xirar en espiral indícanos o encontro de dúas correntes que forman un efecto de bucle.

Chegamos á illa e recalamos a carón do espigón, nunha praia de auga turquesa, transparente, e area moi branca. Entre as rochas míranos desembarcar a Serea, unha das moitas lendas da illa: sereas, mouros, Santa Compaña, historias de barcos e capitáns, de piratas e de amores que aínda planan nos ceos da illa.

A antiga fábrica de salgadura e a ermida son os edificios que acompañan a serea e as lendas. A ermida foi taberna e nela contábanse historias, líanse libros e compartíanse viaxes, o centro social dunha porción de terra illada en tempos de escaseza e escuridade.

Agora, o camiño de terra cóbrenos de po negro os pés semidescalzos. Discorre entre enormes rochas, unhas multiformes, outras tan chairas que semella formaren un anfiteatro. Camiñamos entre breixos, abruñeiros e pequenas matas floridas; atravesamos o pequeno bosque de eucaliptos camiño da fonte de auga doce á que se achegan algúns cabalos, preto da aldea, situada no lado da illa que mira á ría, con acceso á praia e protexida da bravura do océano Atlántico.

As casas, malia os anos que levan deshabitadas, mantéñense en pé coa súa estrutura comunitaria orixinal, formando un rectángulo onde todas as portas dan á eira de pedra, o espazo común. A sensación é tribal, conviven e míranse de fronte; sensación de protección con pouca intimidade.

Do outro lado está o faro. Alí, mirando cara ao océano, vese a liña de afiadas rochas que apenas despuntan da tona do mar; mais por baixo da auga agochan todo o seu potencial destrutor: é o lugar do naufraxio. Imaxinamos o Santa Isabel,cunha enorme vía de auga, afundindo pouco a pouco. Centos de persoas que iniciaran a súa viaxe no porto da Coruña debatéronse no mar xeado do mes de decembro, loitando contra a morte. A fin da súa viaxe ás Américas. Algunhas persoas deron salvado a vida grazas ás heroínas de Sálvora, pero esa é outra historia.

©Mabel Pérez Simal

Corrección Lingüista: Begoña Méndez

Clara viaja en tren

Clara viaja en el tren de cercanías con la misma rutina de paisajes y gentes. Pero para ella hoy es un día diferente, apenas pudo dormir y el cansancio y la inquietud se reflejan en su rostro en el que las ojeras se hunden un poco más en el azul.

Ha de tomar una decisión y sabe que es la más importante de su vida. Está llena de dudas y tras varias noches de vueltas y vueltas, sigue en el mismo sitio. Su cabeza no para, pero no la ve.

Viaja en el tren mirando al vacío cuando por su mirada se cruza una mariposa llena de colores, azules, verdes y amarillos que aletean en sus grandes alas, con delicadeza va posándose en los respaldos, muy cerca de las cabezas, pero sin tocarlas.

Clara no puede dejar de mirar esas alas tan delicadas y vivas siguiendo su vuelo por todo el tren; nadie parece darse cuenta de su presencia, solo ella, y disfruta de toda la belleza  de esta viajera sin billete que se coló en el tren.

Al llegar,  la mariposa es la primera en salir y se pierde en el cielo de estación.

Clara sale unos cuantos viajeros después, pero ya no está. Mira hacia arriba buscándola y sonríe al darse cuenta de que acaba de tomar su decisión.

©Mabel Pérez Simal

El paso de Nablús

 

“Zona A”

“Israel es la única democracia de la zona”, dicen, pero

¿Es real una democracia que se sienta sobre la opresión y la esclavitud?

Entramos en territorio palestino, en la zona A. Varios letreros nos avisan de que estamos en una zona sin ley, sin controles y sin seguridad, que traducido significa “sin controles y sin seguridad israelí” lo que en realidad nos tranquiliza.

En Nablús visitamos un chek point, un paso fronterizo por el que cada día atraviesan 18.000 trabajadores palestinos, hombres y mujeres que cruzan el muro para trabajar en Israel. Estamos en el Crossing Point de Qualquilya.

LLegan a la 1 de la mañana para poder entrar a trabajar en Israel a las 7. Las enormes colas y los lentos controles, pasando por pasillos limitados por barras metálicas y cruzando un torno, de uno en uno, lento y agotador, forman parte del proceso de humillación permanente, pero necesitan trabajar y solo hay trabajo en Israel.

A la difícil decisión de trabajar para un patrón enemigo, se ha de sumar el desprecio, el maltrato, la discriminación y la desigualdad de salario y de condiciones de trabajo que sufren las personas trabajadoras palestinas en territorio israelí.

Junto a las vallas les esperamos a la hora del regreso, y sus caras de cansancio, serias y silenciosas hablan de una jornada dura.

Son muchas horas entre esperar al paso, trabajar y la vuelta, eso si tienes la suerte de que no haya retenciones, porque en cualquier momento al militar de turno le puede dar por cerrar el paso porque alguien le parece sospechoso, y eso es suficiente. Este tipo de actuación la vimos en cada control militar en el que nos pararon. Te retienen en el arcén, te miran, te revisan, te hacen esperar sin motivo, y no preguntes, no hagas comentarios, no te rías, no hagas nada que pueda cabrear a la militar que te toca en suerte, porque entonces vas a comprobar lo que es pasar varias horas al sol y sin agua. Es un puro ejercicio de poder absoluto.

En Israel ocupación y explotación laboral van de la mano y de esta última se habla muy poco.

Se obtiene un permiso para trabajar en Israel después de pasar un test de seguridad, imprescindible hablar hebreo. Los empleadores se quedan con el 1% del salario para el sindicato israelí Histadrut, oficial, que se supone que le pasa un porcentaje al sindicato palestino.

Ganan unos 200 Sk al día, y en la agricultura de 50 a 120 Sk por día, pero no les pagan por todos los días de trabajo, hacen las cuentas y de 26 días de trabajo, a final de mes le pagan por 10, o 12, depende del talante del empleador, y si no están conformes que reclamen a la justicia de Israel, que contraten a un abogado y que se presenten en una corte de jueces israelíes. Imposible.

Descubrimos que existen túneles con pasos subterráneos para pasar a trabajadores   palestinos que van a las colonias israelíes. Cruzan de noche y al otro lado los recogen y los trasladan a los campos, sin papeles, sin salario regulado, sin condiciones.

En los asentamientos hay un importante número de mujeres y jóvenes trabajando en la agricultura, y solo un 13% de las mujeres palestinas consta en las estadísticas de empleo, están en los servicios públicos, la limpieza, salud y educación.

Una organización de defensa de los derechos humanos nos cuenta que hay al menos 140.000 personas palestinas trabajando en Israel en situación muy precaria y sin normas. No se les aplica la ley, no hay unas mínimas condiciones de salud y seguridad, y con bajos, bajísimos salarios. Escuchamos la amenaza constante por parte de Israel de que si no les gusta siempre pueden reclutar asiáticos que les saldrían más baratos y dejar sin trabajo a los palestinos.

Yo Israel invado tu país, te expulso de tu casa, te limito los movimientos, te empobrezco todo lo que puedo y más, y luego te ofrezco trabajo en las peores condiciones. Este es el sistema, el modelo del estupendo desarrollo económico israelí.

©Mabel Pérez Simal

 

Las jóvenes mujeres palestinas

Mabel, Palestina, grupo mujeres, 2017

Sondos tiene 23 años y estudia música en la Universidad. Es más baja que las demás y adorna su cabeza con un gran pañuelo negro. Enérgica y decidida, se define como feminista, y es muy consciente de las limitaciones que tienen las mujeres en Palestina para acceder a un trabajo y a una vida independiente. Ella no duda al explicar que no piensa tener hijos y que prefiere renunciar a su propia familia para poder crecer y trabajar y viajar.

Harah tiene 19 años, igual que Islam y Saja, Rawand 23 e Hidaya de 35 es la mayor del grupo, pero participa igualmente de las bromas y de las risas mientras nos pregunta con la misma dulzura de las demás.

Tienen dirección de correo electrónico y la compartimos, quieren saber, conocer, acceder a la información y mantener el contacto. Saben utilizar todos los recursos que ofrece internet y nos hacemos fotos que de inmediato cuelgan en sus redes sociales, con la habilidad y la velocidad de todas las jóvenes.

Este viaje está lleno de descubrimientos y de muchos matices que poco a poco vamos desenredando. Las informaciones que nos llegan a través de los medios son muy generales, no entran en el detalle, y si lo hacen es por algún interés, no palestino por supuesto. Hablan del conflicto y poco de la ocupación, hablan de la guerra y nada de la cotidianidad, de la dura supervivencia y de la falta de esperanza, de la presencia y de la formación de la población más joven que crece con la conciencia de la situación de su pueblo, y nos preguntamos cómo lo va a gestionar esta nueva generación de chicos y chicas. A todo este enorme conflicto derivado de la ocupación ilegal israelí, hay que añadirle un nuevo enigma, el perfil generacional.

En las reuniones en las que participamos la mayoría de los dirigentes son hombres y mayores, alguna mujer joven que solo en ocasiones interviene ¿donde están las mujeres y las personas más jóvenes?

Un amigo palestino de Natalie nos cuenta que el ejército israelí está deteniendo a jóvenes palestinos, entran en sus casas por la noche y se los llevan. Detenciones selectivas nocturnas y sin ruido para asustar a una población joven e inquieta, que tiene menos paciencia que la Autoridad Palestina.

Todo futuro es una incógnita en este lugar, en esta pequeña, pequeñísima parte del mundo en la que se dirimen demasiados intereses, los que le son propios y otros ajenos, con un gobierno israelí con graves acusaciones de corrupción, y con algunas discrepancias entre la población palestina sobre la gestión de su propio gobierno.

Me llevo la esperanza de las mujeres jóvenes y sus aspiraciones de independencia y libertad, claro, contando con que sus mayores sean generosos e inteligentes y que los sionistas recuerden que alguna vez tuvieron alguna fe. Ahora ya solo se dan golpes contra un muro.

©Mabel Pérez Simal

Geografía y territorio

“Territorio”

“La geografía sirve para hacer la guerra”

Decía un famoso geógrafo que el estudio de la geografía sirve para hacer la guerra, y se preguntaba: “¿que otro motivo habría para que les interese a los diferentes grupos humanos conocer las distancias y el límite exacto del territorio? Para poder tomarlo, invadirlo y hacerlo suyo, esa es la verdadera finalidad de los mapas”.

En los edificios del gobierno Palestino, de las organizaciones sindicales y sociales que visitamos, las paredes están llenas de grandes mapas. Mapas del territorio y de las fronteras trazadas en base a los acuerdos o decisiones internacionales. En 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió la partición de Palestina en dos: un estado judío y otro palestino, con Jerusalém como ciudad internacional. Este plan fue rechazado por los palestinos, y en la guerra de 1.948 Israel toma el control de la parte occidental de Jerusalém.

En 1949 la franja de Gaza y Cisjordania se convirtieron en áreas geográficas diferenciadas como resultado del armisticio, hasta que, en junio de 1.967, Israel inicia el ataque y de nuevo la guerra ocupando Jerusalém, Cisjordania, la franja de Gaza, los altos del Golán y la península del Sinaí. Israel negocia tierra por paz, y devuelve parte de los territorios que había ocupado a cambio de acuerdos de paz que reconocieran las fronteras de Israel. Eso sí, parte de los territorios ocupados, porque se queda con los altos de Golán con importantes acuíferos.

Al recorrer el territorio el chofer palestino te va señalando las líneas, las de 1.949, las modificadas en 1.967, y como, al margen de la comunidad internacional y de los históricos acuerdos, el gobierno israelí las modifica y las cambia a su antojo, decide donde se corta, donde se construye o se destruye, limitando, coartando, y hacinando al pueblo palestino.

Viendo los mapas de West Bank, Gaza y la división de Jerusalém sobran las palabras.

El mapa, la geografía es muy clara delimitando las zonas, las bases militares israelíes, las áreas militares cerradas, los asentamientos de colonos y la tierra cultivada. Las carreteras, con distintos colores para señalar en las que está prohibida o restringida la circulación de vehículos palestinos. Y esa línea densa y roja que marca el recorrido del muro que todo lo rodea y lo separa.

Línea roja que “protege” las zonas ocupadas, roja continua para el muro acabado y roja discontinua para el que está en construcción. Un parapeto de cemento, una barrera que rodea Cisjordania y que se mete y rodea zonas cada vez más extensas dentro de ella.

Mapas en movimiento que revelan la OCUPACIÓN permanente y continuada.

Se pueden consultar los diversos mapas en Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).

©Mabel Pérez Simal

 

 

 

Los olivos

 

“Olivos llenos de significado”

El paisaje verde olivo, matizado y con toques de plata.

Olivos como esculturas del tiempo, supervivientes.

Salimos de Jerusalém en dirección a Nablus, para visitar un paso fronterizo entre Palestina y los territorios ocupados.

Al poco de iniciar el viaje nos encontramos con el MURO, de hormigón enorme y gris, que divide y parte en dos todo lo que encuentra. El Muro y las carreteras militares se construyen para interrumpir, para demostrar que se puede hacer donde y cuando quieren, y viéndolo te das cuenta de que su intención no es defensiva, es la de partir, la de ocupar, es una demostración de poder para aislar, es su poder.

Cuando los militares israelíes deciden hacer una carretera, atravesando cualquier zona de Palestina, WEST BANK (Cisjordania), pues la hacen y las personas, palestinas, ven como sus casas y sus tierras quedan partidas en dos, y si tienen suerte van a tener una puerta o un paso cerca para poder seguir cultivando sus hortalizas, o sus olivos o naranjos, y si no, tendrán que caminar kilómetros y pasar un control para poder seguir pisando sus huertas.

Seguimos viaje por Cisjordania, y a los lados de la carretera vemos pueblos pequeños rodeados de campos de olivos, en muchos casos plantados en terrazas, el olivo, la permanente presencia.

“Los acuerdos de Oslo no permiten construir colonias”

En varias ocasiones nos encontramos con un grupo de construcciones, de casas nuevas y pequeños edificios rodeados de huertas, y aislados con vallas electrificadas y una barrera de control para subir a la colina ocupada por un asentamiento judío. Allí viven, lejos de cualquier ciudad, lejos de lo que los acuerdos internacionales entienden por su territorio, lejos de la civilización, mantenidos por el gobierno y con la única misión, militante, de ocupar ese espacio, una colina o un valle más arrebatados ilegítimamente y ante los que nadie, comunidad internacional, ni responde, ni exige, ni reclama, ni condena, ni nada de nada. La impunidad de los avances de los israelíes en territorio Palestino es indecente e imparable. Con el actual gobierno de Netanyahu son más de 6.000 los colonos que se están instalando.

Me sobrecoge el relato de cómo, si protestan, les cortan los olivos para humillar al pueblo palestino, es su árbol y quieren matar su significado.

©Mabel Pérez Simal

 

 

El motivo del viaje

Viajo a Palestina con una delegación de sindicatos de diferentes países de la Unión Europea, Brasil y Canadá. Vamos con la misión de hacer un informe que refleje la situación de las personas trabajadoras palestinas en los territorios ocupados. Entrevistarnos con sindicatos palestinos e israelíes, con los oficiales y con las pequeñas organizaciones que están intentando poner en marcha proyectos de defensa de sus derechos, de su derecho al trabajo y a un salario en condiciones de dignidad y respeto.

Informar para que los organismos internacionales puedan presionar y establecer mecanismos de garantías laborales, de mínimos de calidad en medio de la ocupación ilegal, en medio de la guerra y el maltrato, de los muros y pasos fronterizos, y de soldados armados frente a jóvenes desesperados. Informes, protocolos, mediaciones…….bla, bla, bla. Y más y más diplomacia……bla, bla, bla…. “todo es muy complicado” te dicen cuando preguntas a la UE y demás, que consienten la ocupación israelí. Toda una complicación que evita poner nombres a las cosas y no hablar de la explotación laboral, de los abusos, de la inhumanidad de un pueblo vengativo.

Subiendo una de las suaves montañas que rodean Jerusalém, veo a lo lejos Jordania separada por el valle del Jordán, e imagino tiempos de concordia, de tierra fértil y de vida en paz.

©Mabel Pérez Simal

Jerusalém

“Casas y edificios hechos con piedra del color de la arena”

“Suelos de piedras gastadas, tan lisas que brillan”

Un tremendo atasco nos detiene a las puertas de la ciudad. El viaje del aeropuerto Ben Gurión a Jerusalém circula por modernas autopistas con tráfico intenso. A las 18,30 de la tarde llegamos al National Hotel, el lugar donde históricamente se reunía la OLP para organizar la defensa de su país, de su territorio arrebatado. Después de un viaje que se inició doce horas antes camino del aeropuerto en Madrid, ya estamos aquí.

Juan, amigo de Coruña y de vacaciones en Jerusalém me está esperando para guiarme por sus lugares favoritos. Un minuto para registrarme y salir corriendo llena de curiosidad por recorrer esta mítica ciudad.

Cansada de estar sentada, de aeropuertos, aviones y bus, es un placer caminar desde el hotel hasta la muralla que rodea el viejo Jerusalém y empezar a subir sus calles donde las tiendas, los bares, y la gente tienen en la cara la prisa de la recogida del final del día. Un paseo por una Medina de ciudad árabe con todo su encanto, interrumpido a cada paso por un puesto militar donde, rodeados de sacos y de armas los israelíes vigilan cada esquina.

Nos impresiona ver a un joven judío, con los tirabuzones y la camisa del traje tradicional, paseando con su novia -eso suponemos por las caras de timidez de los dos- y con un fusil automático colgado del hombro con total naturalidad. La presencia constante de israelíes, militares y civiles, armados, es la primera imagen del viaje.

Jerusalém, con sus calles llenas de pequeñas tiendas palestinas, pequeños cafés para descansar y tomar un té en medio del ir y venir de las gentes apuradas por sus estrechas y empinadas calles, y el contraste con la zona israelí y sus calles anchas y europeas, sus terrazas y su moderno tranvía, pero, en ambos lados ves a los cientos y cientos de personas que caminan, que van y vienen, que trabajan, pasean, se enamoran, toman un helado con sus hijos, o rezan a voces frente al muro de las lágrimas (lamentaciones) y se retiran a sus casas a cenar, y escuchan música en un local, y caminan rápido buscando la oportunidad de cobrar una deuda que les permita pagar la renta de su casa.

No puedo dejar de mirar a esa mujer palestina cansada después de todo el día de trabajo en una casa israelí, y que vuelve a su tierra, unas calles más abajo, para preparar la cena de sus hijas.

Una primera inmersión en la vida cotidiana de esta milenaria ciudad en la que sientes una normalidad y una tranquilidad extraña y vigilada en cada cruce de calles por los soldados, armados para proteger esa quietud, que no calma.

Una presencia continua de militares y policía que te hacen sentir dentro del mapa del conflicto.

©Mabel Pérez Simal

Mulleres buscando refuxio

Que a lectura sanda é certo, e a escritura tamén. Estás aquí, miras e compartes conversas, escoitas e escribes. É coma cando soltas o suspiro que te afoga e sentes alivio; pois eu ao escribir, tamén.

Ao final do día, coas emocións acumuladas, recordas o vivido, as caras e os nomes, os sorrisos, as miradas, as mulleres e as nenas tan vulnerables, a contorna, ese tempo detido en que se converteu a súa vida. Estremécete velas lavando a roupa, ordenando a tenda e as súas escasas pertenzas, apenas o que puideron sacar e, sobre todo, o que poden transportar. Peitean as súas nenas, carrexan auga, fan cola para a comida, a roupa, o calzado; conversan entre elas e por veces sorrín, mesmo nalgúns momentos escóitalas rir abertamente, cun riso liberador e cómplice. Durante uns segundos, os seus ollos escuros e amables tórnanse alegres.

Mulleres refuxiadas que trasfegan polo campo ocupando o tempo en tarefas cotiás, miúdas. Visten de xeitos diversos, máis tradicional ou menos e, na maioría dos casos, cun pano tapándolles o pelo e o pescozo. Fan ringleiras para case todo, separadas dos homes para manteren a distancia que a súa cultura lles dita. Comunícanse coas voluntarias: séntense cómodas cando entras na súa khaima e te sentas a leriar e a tomar un té; e malia o seu escaso vocabulario en inglés, sempre hai unha filla ou un neto que traduce.

Indo e vindo días e conversas, empezas a apreciar as diferenzas entre elas: distintos países, formación, idade e carácter marcan os matices.

Mulleres grandes e curtidas como a nai de Zhara, alta e movéndose polo campo con determinación, decidida a buscarlle un futuro á súa filla, soa; o seu home está encarcerado en Siria.

Mulleres maiores como Sma, avoa de cinco netos, todos mozos, cos que fuxiu após o asasinato dos seus pais e que a obedecen sen refungar.

Mulleres cubertas e discretas en público que saben que a súa seguridade está cos seus homes, nun ambiente hostil onde todo es máis difícil para elas.

E Fareeda, muller do Kurdistán, orgullosa e amable. As valentes mulleres kurdas afeitas a pelexar e a defender a familia, e tamén o seu pobo, perseguido nos distintos países onde asenta a súa patria.

Tamén está Yamila, de 62 anos, que viaxa soa. Yamila vivía en Damasco, Siria, no campo de refuxiados de Yarmouk. Seus pais, palestinos de Akka, fuxiron de Palestina en 1948, despois da invasión israelí, sendo uns nenos de 12 e 13 anos. Coñecéronse en Siria e casaron, e alí naceu Yamila, nunha familia moi numerosa. Naceu e medrou en Yarmouk, un campo que era como unha cidade. Cando morreu o seu home, hai un ano, decidiu abandonar Siria canda uns veciños porque non se sentía segura alí.

Ao pouco de emprender a viaxe quixeron abandonala e quedar cos seus cartos; ela díxolles que eran coma o Daes e conseguiu marchar, aínda que tentaron pegarlle. Viaxou ata o norte, ben tapada de negro, cun grupo de catro persoas coas que se encontrou e que a acompañaron. Na fronteira entre Siria e Turquía disparáronlles: «A policía disparaba ás persoas que intentaban pasar. Pagueille a un home para que me axudara, colleu os cartos e empurroume. Esa foi a miña viaxe, todo o tempo caendo e erguéndome».

Yamila pagou setecentos dólares para chegar á fronteira e outros mil para pasar a Turquía. Atravesaron Turquía e chegaron ao mar. Alí pagáronlle setecentos dólares a outro traficante para cruzar a Lesbos nun bote ateigado de xente; varias persoas morreron na travesía. Logo de catro horas de chuvia e marusía, coa policía turca disparando ao saíren, deron chegado a Lesbos o 19 de marzo; en transbordador a Atenas e en bus ao campo de Katsikas, en Ioannina, onde chegou o 20 de marzo.

O resumo da viaxe de Yamila é este: «Vimos e pasamos todo o malo.»

—E que esperas Yamila? —pregúntolle.

—Dixéronnos que os países da Unión Europea se repartirían as persoas refuxiadas e estou esperando a reunirme coas miñas fillas, dúas, que están en Alemaña cos maridos; outras dúas ficaron en Siria. Espero que me reciban alí. Ademais, teño os mesmos anos que Ángela Merkel.

Yamila ri, ri moito, conta as súas penas e a seguir regálache un enorme sorriso que lle ocupa todo o rostro, quítalle pena ao seu relato porque ela quere vivir a vida con alegría.

—Sempre sorrís, Yamila!

—Si, porque é o meu sentimento, odio a tristeza; se caio, levántome, sempre de pé. Estou viva.

Yamila é unha enorme muller, orgullosa da súa nación, Palestina, consciente das dificultades que aínda lle esperan e coa determinación e a forza que lle permitiron chegar ata aquí.

Dúas horas de charla sentadas na khaima de Yamila son o mellor estimulante, e permanecerá no meu pensamento para iluminar, co seu sorriso, os días máis grises do inverno.

Moitas máis mulleres refuxiadas, a pesar da dureza da viaxe e da súa vida no campo, conservan a enerxía, a forza, e recoñézoas na mirada. Non importa a roupa, o pano nin a cor, nin a lingua. Ao mirarnos aos ollos descubrimos todo o que temos en común. Somos todas.

© Mabel Pérez Simal

 

KISORO

Viajamos por Uganda hacia el sur para llegar a Kisoro, muy cerca de la frontera con Congo y Ruanda. Nos desviamos de nuestra ruta alrededor del lago Victoria para poder ver a las familias de gorilas en su propio habitat, en el bosque impenetrable de Windy compartido por los tres países. Los gorilas, como no entienden de fronteras políticas se van moviendo por el bosque en busca de lugares frescos y comida abundante.

Llegamos a Kisoro después de una complicada ruta por carreteras de montaña llenas de polvo rojo y curvas cerradas y estrechas, en las que mejor no encontrarse con otro vehículo de frente.

Tenemos una habitación reservada en el Hotel Traveler, el famoso y mítico hotel en el que vivió Diane Fossey, la extraordinaria naturalista que levantó la voz y arriesgó su vida en defensa de los gorilas, que convivió con ellos, y donde fue asesinada por sus campañas en contra de la caza sistemática de estos primos y primates a los que ella dio voz. Gracias a ella hoy pueden disfrutar de una “cierta” protección.

Diane vivió en el hotel Traveler, un bonito hotel de planta baja y con todas las habitaciones abiertas al jardín común, con porches para las divertidas cenas, y un amable gerente belga buen conocedor de la zona.

Kisoro no tiene ningún interés. Fisonomía similar a la de la mayoría de los pueblos del país, mercados al aire libre con frutas y verduras, telas y muebles, y por el que pasean las mujeres y sus vestidos de telas estampadas de vivos colores y cestas en la cabeza. Mujeres africanas imparables e imprescindibles para la supervivencia. Siempre trabajando, llevando a sus pequeños, comprando, vendiendo, caminando y plantando. En continua actividad para dar de comer a sus familias.

Las casas bajas y sencillas, en hileras, van formando calles o las calles van estableciendo el orden de las casas. Los hombres sentados en los bordillos y en el arcén de las estrechas carreteras pasan las horas sin aparente actividad, charlando y quizás pensando en iniciar el camino hacia el norte, hacia ese continente que ven en la televisión y en las ropas y las caras de los viajeros.

Muy cerca de Kisoro está la aldea de los Pigmeos y preguntamos en el hotel cual era el mejor medio para visitarlos. El gerente belga nos hace cambiar de idea, al parecer viven en una situación de pobreza y de deterioro que los convierte en los excluidos, estigmatizados por el cultivo y la venta de marihuana, dice que se pasan el día probándola

Dos hombres congoleños se acercan al hotel al atardecer para concretar el viaje al bosque impenetrable en busca de los gorilas, y nos explican las normas, estrictas y de obligado cumplimiento. “En el bosque no pueden comer, ni beber, y no lleven gorras, ya que los gorilas más jóvenes pueden acercarse a cogerlas y provocar un conflicto. No hagan ruido, no se acerquen demasiado, no fumen, no los alteren y si alguno de ustedes tiene alguna enfermedad no puede venir ya que debemos preservar su salud, ah y un máximo de seis personas por día”.

Al día siguiente antes del amanecer llega un coche para buscar a Juanzi, Jose, Manolo y Marisa, los cuatro valientes que van a viajar a la frontera de Congo para intentar avistar a los gorilas

Al atardecer vuelven entusiasmados y no paran de contar, de enseñar las fotos y la grabación en video. El viaje, el paso por la frontera congoleña, el grupo de guardias que los rodeaban para protegerlos de “los animales” armados con AK4, y la caminata por el bosque-selva siguiendo a los guías que van abriéndose paso con machetes y caminan y caminan intentando ver entre la espesura. Un largo recorrido que se olvida cuando en un claro soleado y de verde frescor, aparecen. Una familia de 8 miembros, el enorme macho con la espalda plateada que todo lo vigila, dos hembras, y varios pequeños de distintos tamaños que se pasan el tiempo jugando, saltando, comiendo, y subiéndose a la espalda de su madre. De cuando en cuando levantan la mirada para fijarla en aquellos extraños que a una distancia de tres metros intentan, en silencio absoluto, no perderse ningún detalle de la escena y del momento.

Algunos gorilas más jovenes se acercan entre curiosos y amenazantes a los humanos, y los guías les hacen señas para que se vayan, intentando evitar un conflicto con el espalda plateada, que en cuanto ve peligrar su tranquilidad se acerca a ellos y tumba un árbol para colocarlo entre su familia y los humanos marcando las distancias. Este es el límite les dice con la mirada.

Continúan allí todo el rato que permite la visita, disfrutando del privilegio de poder verlos en libertad, en su montaña.

Cuando nos lo cuentan y nos enseñan las fotos cenando en el hotel Traveler, en esa atmosfera tan llena del recuerdo de Diane Fossey, los escuchamos con envidia.

 

©Mabel Pérez Simal