Etapas del camino

Las vacaciones nos alejan del trabajo durante un tiempo; pero viajar es más. Te vas de todo lo que te rodea, del trabajo, de la casa, de la comida, la cama, el armario. Te vas de los ritmos y de las rutinas, te vas de las personas a las que viene bien echar de menos un tiempo, y por último: te vas de la que eres tú en tu cotidianidad.

Viajar es liberador, de inicio, y luego se suman todas las riquezas que en función del destino nos vamos a encontrar, y cada viaje, por lo mismo, es distinto.

Caminar varias etapas de un camino oficializado, muy transitado y lleno de matices fue un descubrimiento para nosotras.

El valor del esfuerzo que suponen etapas de 25 kilómetros con cuestas y bajadas, bajo un sol inclemente, sudadas, cansadas, y deseando llegar para disfrutar de la ducha y el descanso de las piernas en alto; o de la cerveza en una terraza antes de todo esto, con la mochila en el suelo, la ropa arrugada y los pies satisfechos, nos pareció un placer.

Las horas de descanso leyendo, charlando o dormitando, nos preparan para salir a pasear por el pueblo fin de etapa de ese día, con sus gentes en las calles de verano y terraza. Nos sumamos al ambiente de verano buscando ese sitio especial en el que darnos el homenaje que nos merecemos.

Dormir pronto para apurar la salida con el sol tibio de las primeras horas de luz, superar ese repecho inicial antes del segundo desayuno, buscar en el mapa un lugar de comida y descanso a mediodía, y caminar. Ese es nuestro todo.

Caminar y caminar esa es la tarea y el placer del recorrido, del esfuerzo y del cansancio que vas acumulando mientras se despeja el pensamiento y el sentimiento. Espacios de silencio se superponen a otros de música o de charla y encuentro, en una sucesión de sensaciones que te van llevando al final de la etapa con un único objetivo: llegar. Un objetivo tan simple que te permite todas las distraciones. Tu cabeza divaga en una sucesión de recuerdos y de planes, de propósitos y de proyectos que ese tiempo sencillo y vacío te permite concretar.

Un viaje, que en buena compañía, es liberador y gratificante. Mucho.

©Mabel Pérez Simal

 

 

El viaje y el camino

 

 

La mayoría de las veces viajamos acompañadas de una, de dos o tres personas, o cinco o incluso de diez u once -vivímos todas las experiencias-, y a pesar de “algún que otro  contratiempo” y de escuchar a algunas amigas entusiasmadas contando sus viajes en solitario, prefiero viajar en compañía.

A medida que vamos creciendo, en edad y en experiencias, se afina la intuición y ya sabemos con quien no viajaremos nunca, pero nunca nunca, y con quien nos gustaría viajar. Amigos y amigas en las que intuimos curiosidades comunes por su forma de mirar, de entender y de estar, y sabemos, que en cualquier situación y lugar aunque pueda haber sorpresas, nos entenderemos.

Algunas personas en cuanto cambian de lugar y se ponen en modo viaje se transforman. Te las encuentras en el aeropuerto y te cuesta reconocerlas dentro de esa ropa inusual, de colores o de verde safari, dependiendo del destino. Y las sorpresas no hacen más que empezar: el calor, el frío del aire acondicionado, la comida, el hotel, la cama, la almohada, cualquier inconveniente se convierte en un problema.

Está claro que no supimos entender lo que cada una quería. Un error ante el que debemos intentar disfrutar del viaje, limitar los daños y quitar peso a las quejas para no perder la amistad. A la vuelta los situamos en el grupo de los de “nunca nunca”. Estos pensamientos me rondaban la cabeza cuando empezamos a hablar, Clara y yo, de la posibilidad de hacer juntas unas etapas del camino de Santiago. Un viaje que fue abriéndose paso poco a poco como idea romántica de caminantas, y cada día a la hora del café el “podríamos” se concretaba un poco más: “tres o cuatro etapas, un camino laico, sin compostela ni sellos, por el placer de caminar, a nuestro ritmo, sin presiones ni metas, sin albergues”, y de ahí pasamos al cálculo de las etapas, de los tiempos, del peso de la mochila y las reservas en hoteles y pequeñas casas rurales.

Solo quedaba algo por resolver. Como sería la convivencia de las dos durante 24 horas y varios días? Y las costumbres? Y las manías? Encajarían? Y si Clara quiere caminar en silencio y yo hablar? Y si ella quiere salir y yo quedarme a descansar? Nos apetecerá comer o cenar a la misma hora? Tomar una copa o acostarnos pronto?

Eran tantas preguntas que decidimos que lo mejor era intentar contestarlas antes de salir. Si habíamos dedicado un tiempo a comprar calcetines adecuados, camisetas de secado rápido, reservas y demás, como no íbamos a tomarnos un tiempo para poner en común nuestras expectativas ante el viaje, el ritmo al que nos gustaría caminar, las pausas, los silencios y los momentos de soledad, la libertad de decir realmente lo que te apetece, sin compromiso ni obligación.

La preparación previa del “como te quieres sentir”, es más importante del “como te vas a vestir” y pienso que en algunos viajes le había dedicado poco tiempo.

©Mabel Pérez Simal

 

El muro de las lágrimas

 

El valle del Jordán, El monte de los olivos, Belem, Nazareht, Jericó, Jerusalém, lugares con nombres de sonido bíblico e histórico, inolvidable para una parte importante de la humanidad y lugares simbólicos para varias culturas y religiones.

Esta es otra de las sensaciones que te invaden cuando estás allí observándolo todo: el peso de los nombres y los lugares y lo que representan. Siglos y siglos de historia soportados por muros que resisten el paso del tiempo.

Como el Muro de las lágrimas (o de las lamentaciones) al que se acercan a rezar hombres y mujeres, eso sí, separados por otro muro que divide en función del sexo de los creyentes. El único muro que queda en pie del templo de David.

Me acerco a tocarlo caminando entre las mujeres, y me sorprenden los cientos de papelitos entre las piedras. Pequeños mensajes de papel encajados en las rendijas o que cayeron al suelo movidos por el viento, en los que ellas escriben agradecimientos, ruegos, peticiones y dolores esperando que su dios escuchará.

Ellos hacen más ruido, rezan en voz alta mirando al muro, saltan y en ocasiones bailan, parecen representar una función.

Ellas en silencio lloran. Me impresionó caminar entre cientos de mujeres que lloraban bajito, con la frente pegada al muro y tapándose la cara con las manos, o con su libro sagrado, llorando y llorando.

Me cuesta entender desde mi mirada ajena a cualquier precepto religioso, ese llanto y ese aferrarse a unas escrituras que repiten y repiten, pero si percibo la emoción, el silencio y las lágrimas, comunes a miles y millones de mujeres en todo el mundo.

Las veo alejarse del muro caminando hacia atrás un rato mientras continúan con el ritual, sin darle la espalda, y me cuentan que se llama el muro de las lágrimas porque esas pequeñas plantas que nacen entre las grietas se mojan con el rocío de la noche, y cuando les da el sol cae en forma de lágrimas.

El muro que llora cada día con el sol es un lugar de culto y de visita obligada, un lugar en el que se revuelven todas las emociones, hermoso e impresionante, pero un lugar de tristeza y llanto.

©Mabel Pérez Simal

Taxi Pirata en La Habana

 

Es Domingo por la tarde y el Parque Central de La Habana, un momento antes abarrotado, empieza a despejarse. Todos se van a sus casas una vez acabado el acto de presentación del libro “Cien Horas con Fidel”, en él que se recogen las conversaciones del Comandante con Ignacio Ramonet. Está editado por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado y en su presentación intervinieron relevantes personalidades del Gobierno y del Partido Comunista Cubano.

Está a la venta en varios puestos del Parque y nos sumamos a una de las interminables colas.

  • Solo en pesos cubanos mi amor, no aceptamos convertibles.
  • Cuanto cuesta?
  • 15 pesos cubanos.

Me acerco a un grupo de jóvenes equipados con camisetas de voluntarios y les propongo un cambio, pesos convertibles por pesos cubanos. Aceptan encantados. Con mis 15 pesos me acerco a comprar el libro de Ramonet, editado en La Habana al precio de 0,75€

La gente se va yendo rápidamente ocupando todo tipo de transportes y nosotros intentamos coger un taxi para ir a cenar a casa de Danilo. Está complicado, no pasa ninguno o pasan repletos.

Dos tipos en un coche particular nos están mirando, después de un rato se deciden a acercarse y nos ofrecen un viaje. Negociamos el precio y subimos al coche.

  • Oiga, tienen permiso para llevar turistas?, pregunto.
  • No, no lo tenemos.
  • Y no los para la policía?
  • Si, claro, continuamente, nos paran y nos ponen una multa cada vez, pero es igual, cuanto más nos detienen más ganas le ponemos, tenemos que buscarnos la vida.
  • Viven de esto?
  • No solo, yo soy mecánico y gano 375 pesos cubanos, tengo 2 hijos y con eso no me llega. El taxi lo llevamos entre los dos, vamos a medias en este negocio.

El  que conduce no dice nada, su compañero sigue charlando.

–  El coche está que se cae, quizás podrían arreglarlo un poco?.

  • No podemos por que no es nuestro.
  • Y de quien es?
  • De otro colega, nos lo deja para el negocio y le pagamos 300 dólares USA al mes por el alquiler.
  • Y con lo que pagan de alquiler y las multas es un buen negocio?
  • Si, claro que es negocio, trabajamos muchas horas, sobre todo de noche que hay menos taxis en La Habana, ya saben como está el transporte, hay poco y todo vale -sigue hablando durante todo el viaje-  yo lo que quiero es trabajar, ganarme mis pesitos, poder comprar lo que quiera e irme de viaje, como hacen ustedes cuando vienen aquí, yo también quiero ir a su país.

Al despedirnos les deseamos suerte y con voz grave nos dedica esta frase:

  • “Un hombre no se mide por las veces que cae sino por las veces que se levanta” .

Frase grande que él identifica con su lucha cotidiana, y sí, en La Habana vale.

©Mabel Pérez Simal

 

 

 

 

 

 

 

SÁLVORA

Embarcamos no Grove rumbo á nosa primeira viaxe á illa de Sálvora. No catamarán, rodeados de turistas, imos un grupo de amigos, Juanzi e Marisa, Alfredo, Lía e Salgado, Jose e eu, con espírito excursionista e curiosidade por esta illa, unha das do Parque Illas Atlánticas. Sálvora é a máis descoñecida e menos visitada, talvez porque nela non hai xente, nin actividade, nin bares; non hai máis ca o faro, o seu fareiro e dous vixilantes do parque.

O mar calmo e a néboa acompáñannos toda a viaxe, esa bruma cerúlea que se mestura co azul metálico do mar, nun horizonte único e frío. A travesía, dunha hora máis ou menos, vainos botando da ría de Arousa, nunha ruta festonada de bateas: mil seiscentas apértanse na ría, coas súas cordas bambeando ao compás das correntes que engordan mexillóns e ostras.

Unha liña de ondas a xirar en espiral indícanos o encontro de dúas correntes que forman un efecto de bucle.

Chegamos á illa e recalamos a carón do espigón, nunha praia de auga turquesa, transparente, e area moi branca. Entre as rochas míranos desembarcar a Serea, unha das moitas lendas da illa: sereas, mouros, Santa Compaña, historias de barcos e capitáns, de piratas e de amores que aínda planan nos ceos da illa.

A antiga fábrica de salgadura e a ermida son os edificios que acompañan a serea e as lendas. A ermida foi taberna e nela contábanse historias, líanse libros e compartíanse viaxes, o centro social dunha porción de terra illada en tempos de escaseza e escuridade.

Agora, o camiño de terra cóbrenos de po negro os pés semidescalzos. Discorre entre enormes rochas, unhas multiformes, outras tan chairas que semella formaren un anfiteatro. Camiñamos entre breixos, abruñeiros e pequenas matas floridas; atravesamos o pequeno bosque de eucaliptos camiño da fonte de auga doce á que se achegan algúns cabalos, preto da aldea, situada no lado da illa que mira á ría, con acceso á praia e protexida da bravura do océano Atlántico.

As casas, malia os anos que levan deshabitadas, mantéñense en pé coa súa estrutura comunitaria orixinal, formando un rectángulo onde todas as portas dan á eira de pedra, o espazo común. A sensación é tribal, conviven e míranse de fronte; sensación de protección con pouca intimidade.

Do outro lado está o faro. Alí, mirando cara ao océano, vese a liña de afiadas rochas que apenas despuntan da tona do mar; mais por baixo da auga agochan todo o seu potencial destrutor: é o lugar do naufraxio. Imaxinamos o Santa Isabel,cunha enorme vía de auga, afundindo pouco a pouco. Centos de persoas que iniciaran a súa viaxe no porto da Coruña debatéronse no mar xeado do mes de decembro, loitando contra a morte. A fin da súa viaxe ás Américas. Algunhas persoas deron salvado a vida grazas ás heroínas de Sálvora, pero esa é outra historia.

©Mabel Pérez Simal

Corrección Lingüista: Begoña Méndez

Clara viaja en tren

Clara viaja en el tren de cercanías con la misma rutina de paisajes y gentes. Pero para ella hoy es un día diferente, apenas pudo dormir y el cansancio y la inquietud se reflejan en su rostro en el que las ojeras se hunden un poco más en el azul.

Ha de tomar una decisión y sabe que es la más importante de su vida. Está llena de dudas y tras varias noches de vueltas y vueltas, sigue en el mismo sitio. Su cabeza no para, pero no la ve.

Viaja en el tren mirando al vacío cuando por su mirada se cruza una mariposa llena de colores, azules, verdes y amarillos que aletean en sus grandes alas, con delicadeza va posándose en los respaldos, muy cerca de las cabezas, pero sin tocarlas.

Clara no puede dejar de mirar esas alas tan delicadas y vivas siguiendo su vuelo por todo el tren; nadie parece darse cuenta de su presencia, solo ella, y disfruta de toda la belleza  de esta viajera sin billete que se coló en el tren.

Al llegar,  la mariposa es la primera en salir y se pierde en el cielo de estación.

Clara sale unos cuantos viajeros después, pero ya no está. Mira hacia arriba buscándola y sonríe al darse cuenta de que acaba de tomar su decisión.

©Mabel Pérez Simal

El paso de Nablús

 

“Zona A”

“Israel es la única democracia de la zona”, dicen, pero

¿Es real una democracia que se sienta sobre la opresión y la esclavitud?

Entramos en territorio palestino, en la zona A. Varios letreros nos avisan de que estamos en una zona sin ley, sin controles y sin seguridad, que traducido significa “sin controles y sin seguridad israelí” lo que en realidad nos tranquiliza.

En Nablús visitamos un chek point, un paso fronterizo por el que cada día atraviesan 18.000 trabajadores palestinos, hombres y mujeres que cruzan el muro para trabajar en Israel. Estamos en el Crossing Point de Qualquilya.

LLegan a la 1 de la mañana para poder entrar a trabajar en Israel a las 7. Las enormes colas y los lentos controles, pasando por pasillos limitados por barras metálicas y cruzando un torno, de uno en uno, lento y agotador, forman parte del proceso de humillación permanente, pero necesitan trabajar y solo hay trabajo en Israel.

A la difícil decisión de trabajar para un patrón enemigo, se ha de sumar el desprecio, el maltrato, la discriminación y la desigualdad de salario y de condiciones de trabajo que sufren las personas trabajadoras palestinas en territorio israelí.

Junto a las vallas les esperamos a la hora del regreso, y sus caras de cansancio, serias y silenciosas hablan de una jornada dura.

Son muchas horas entre esperar al paso, trabajar y la vuelta, eso si tienes la suerte de que no haya retenciones, porque en cualquier momento al militar de turno le puede dar por cerrar el paso porque alguien le parece sospechoso, y eso es suficiente. Este tipo de actuación la vimos en cada control militar en el que nos pararon. Te retienen en el arcén, te miran, te revisan, te hacen esperar sin motivo, y no preguntes, no hagas comentarios, no te rías, no hagas nada que pueda cabrear a la militar que te toca en suerte, porque entonces vas a comprobar lo que es pasar varias horas al sol y sin agua. Es un puro ejercicio de poder absoluto.

En Israel ocupación y explotación laboral van de la mano y de esta última se habla muy poco.

Se obtiene un permiso para trabajar en Israel después de pasar un test de seguridad, imprescindible hablar hebreo. Los empleadores se quedan con el 1% del salario para el sindicato israelí Histadrut, oficial, que se supone que le pasa un porcentaje al sindicato palestino.

Ganan unos 200 Sk al día, y en la agricultura de 50 a 120 Sk por día, pero no les pagan por todos los días de trabajo, hacen las cuentas y de 26 días de trabajo, a final de mes le pagan por 10, o 12, depende del talante del empleador, y si no están conformes que reclamen a la justicia de Israel, que contraten a un abogado y que se presenten en una corte de jueces israelíes. Imposible.

Descubrimos que existen túneles con pasos subterráneos para pasar a trabajadores   palestinos que van a las colonias israelíes. Cruzan de noche y al otro lado los recogen y los trasladan a los campos, sin papeles, sin salario regulado, sin condiciones.

En los asentamientos hay un importante número de mujeres y jóvenes trabajando en la agricultura, y solo un 13% de las mujeres palestinas consta en las estadísticas de empleo, están en los servicios públicos, la limpieza, salud y educación.

Una organización de defensa de los derechos humanos nos cuenta que hay al menos 140.000 personas palestinas trabajando en Israel en situación muy precaria y sin normas. No se les aplica la ley, no hay unas mínimas condiciones de salud y seguridad, y con bajos, bajísimos salarios. Escuchamos la amenaza constante por parte de Israel de que si no les gusta siempre pueden reclutar asiáticos que les saldrían más baratos y dejar sin trabajo a los palestinos.

Yo Israel invado tu país, te expulso de tu casa, te limito los movimientos, te empobrezco todo lo que puedo y más, y luego te ofrezco trabajo en las peores condiciones. Este es el sistema, el modelo del estupendo desarrollo económico israelí.

©Mabel Pérez Simal

 

Las jóvenes mujeres palestinas

Mabel, Palestina, grupo mujeres, 2017

Sondos tiene 23 años y estudia música en la Universidad. Es más baja que las demás y adorna su cabeza con un gran pañuelo negro. Enérgica y decidida, se define como feminista, y es muy consciente de las limitaciones que tienen las mujeres en Palestina para acceder a un trabajo y a una vida independiente. Ella no duda al explicar que no piensa tener hijos y que prefiere renunciar a su propia familia para poder crecer y trabajar y viajar.

Harah tiene 19 años, igual que Islam y Saja, Rawand 23 e Hidaya de 35 es la mayor del grupo, pero participa igualmente de las bromas y de las risas mientras nos pregunta con la misma dulzura de las demás.

Tienen dirección de correo electrónico y la compartimos, quieren saber, conocer, acceder a la información y mantener el contacto. Saben utilizar todos los recursos que ofrece internet y nos hacemos fotos que de inmediato cuelgan en sus redes sociales, con la habilidad y la velocidad de todas las jóvenes.

Este viaje está lleno de descubrimientos y de muchos matices que poco a poco vamos desenredando. Las informaciones que nos llegan a través de los medios son muy generales, no entran en el detalle, y si lo hacen es por algún interés, no palestino por supuesto. Hablan del conflicto y poco de la ocupación, hablan de la guerra y nada de la cotidianidad, de la dura supervivencia y de la falta de esperanza, de la presencia y de la formación de la población más joven que crece con la conciencia de la situación de su pueblo, y nos preguntamos cómo lo va a gestionar esta nueva generación de chicos y chicas. A todo este enorme conflicto derivado de la ocupación ilegal israelí, hay que añadirle un nuevo enigma, el perfil generacional.

En las reuniones en las que participamos la mayoría de los dirigentes son hombres y mayores, alguna mujer joven que solo en ocasiones interviene ¿donde están las mujeres y las personas más jóvenes?

Un amigo palestino de Natalie nos cuenta que el ejército israelí está deteniendo a jóvenes palestinos, entran en sus casas por la noche y se los llevan. Detenciones selectivas nocturnas y sin ruido para asustar a una población joven e inquieta, que tiene menos paciencia que la Autoridad Palestina.

Todo futuro es una incógnita en este lugar, en esta pequeña, pequeñísima parte del mundo en la que se dirimen demasiados intereses, los que le son propios y otros ajenos, con un gobierno israelí con graves acusaciones de corrupción, y con algunas discrepancias entre la población palestina sobre la gestión de su propio gobierno.

Me llevo la esperanza de las mujeres jóvenes y sus aspiraciones de independencia y libertad, claro, contando con que sus mayores sean generosos e inteligentes y que los sionistas recuerden que alguna vez tuvieron alguna fe. Ahora ya solo se dan golpes contra un muro.

©Mabel Pérez Simal

Geografía y territorio

“Territorio”

“La geografía sirve para hacer la guerra”

Decía un famoso geógrafo que el estudio de la geografía sirve para hacer la guerra, y se preguntaba: “¿que otro motivo habría para que les interese a los diferentes grupos humanos conocer las distancias y el límite exacto del territorio? Para poder tomarlo, invadirlo y hacerlo suyo, esa es la verdadera finalidad de los mapas”.

En los edificios del gobierno Palestino, de las organizaciones sindicales y sociales que visitamos, las paredes están llenas de grandes mapas. Mapas del territorio y de las fronteras trazadas en base a los acuerdos o decisiones internacionales. En 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió la partición de Palestina en dos: un estado judío y otro palestino, con Jerusalém como ciudad internacional. Este plan fue rechazado por los palestinos, y en la guerra de 1.948 Israel toma el control de la parte occidental de Jerusalém.

En 1949 la franja de Gaza y Cisjordania se convirtieron en áreas geográficas diferenciadas como resultado del armisticio, hasta que, en junio de 1.967, Israel inicia el ataque y de nuevo la guerra ocupando Jerusalém, Cisjordania, la franja de Gaza, los altos del Golán y la península del Sinaí. Israel negocia tierra por paz, y devuelve parte de los territorios que había ocupado a cambio de acuerdos de paz que reconocieran las fronteras de Israel. Eso sí, parte de los territorios ocupados, porque se queda con los altos de Golán con importantes acuíferos.

Al recorrer el territorio el chofer palestino te va señalando las líneas, las de 1.949, las modificadas en 1.967, y como, al margen de la comunidad internacional y de los históricos acuerdos, el gobierno israelí las modifica y las cambia a su antojo, decide donde se corta, donde se construye o se destruye, limitando, coartando, y hacinando al pueblo palestino.

Viendo los mapas de West Bank, Gaza y la división de Jerusalém sobran las palabras.

El mapa, la geografía es muy clara delimitando las zonas, las bases militares israelíes, las áreas militares cerradas, los asentamientos de colonos y la tierra cultivada. Las carreteras, con distintos colores para señalar en las que está prohibida o restringida la circulación de vehículos palestinos. Y esa línea densa y roja que marca el recorrido del muro que todo lo rodea y lo separa.

Línea roja que “protege” las zonas ocupadas, roja continua para el muro acabado y roja discontinua para el que está en construcción. Un parapeto de cemento, una barrera que rodea Cisjordania y que se mete y rodea zonas cada vez más extensas dentro de ella.

Mapas en movimiento que revelan la OCUPACIÓN permanente y continuada.

Se pueden consultar los diversos mapas en Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).

©Mabel Pérez Simal

 

 

 

Los olivos

 

“Olivos llenos de significado”

El paisaje verde olivo, matizado y con toques de plata.

Olivos como esculturas del tiempo, supervivientes.

Salimos de Jerusalém en dirección a Nablus, para visitar un paso fronterizo entre Palestina y los territorios ocupados.

Al poco de iniciar el viaje nos encontramos con el MURO, de hormigón enorme y gris, que divide y parte en dos todo lo que encuentra. El Muro y las carreteras militares se construyen para interrumpir, para demostrar que se puede hacer donde y cuando quieren, y viéndolo te das cuenta de que su intención no es defensiva, es la de partir, la de ocupar, es una demostración de poder para aislar, es su poder.

Cuando los militares israelíes deciden hacer una carretera, atravesando cualquier zona de Palestina, WEST BANK (Cisjordania), pues la hacen y las personas, palestinas, ven como sus casas y sus tierras quedan partidas en dos, y si tienen suerte van a tener una puerta o un paso cerca para poder seguir cultivando sus hortalizas, o sus olivos o naranjos, y si no, tendrán que caminar kilómetros y pasar un control para poder seguir pisando sus huertas.

Seguimos viaje por Cisjordania, y a los lados de la carretera vemos pueblos pequeños rodeados de campos de olivos, en muchos casos plantados en terrazas, el olivo, la permanente presencia.

“Los acuerdos de Oslo no permiten construir colonias”

En varias ocasiones nos encontramos con un grupo de construcciones, de casas nuevas y pequeños edificios rodeados de huertas, y aislados con vallas electrificadas y una barrera de control para subir a la colina ocupada por un asentamiento judío. Allí viven, lejos de cualquier ciudad, lejos de lo que los acuerdos internacionales entienden por su territorio, lejos de la civilización, mantenidos por el gobierno y con la única misión, militante, de ocupar ese espacio, una colina o un valle más arrebatados ilegítimamente y ante los que nadie, comunidad internacional, ni responde, ni exige, ni reclama, ni condena, ni nada de nada. La impunidad de los avances de los israelíes en territorio Palestino es indecente e imparable. Con el actual gobierno de Netanyahu son más de 6.000 los colonos que se están instalando.

Me sobrecoge el relato de cómo, si protestan, les cortan los olivos para humillar al pueblo palestino, es su árbol y quieren matar su significado.

©Mabel Pérez Simal