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KISORO

Viajamos por Uganda hacia el sur para llegar a Kisoro, muy cerca de la frontera con Congo y Ruanda. Nos desviamos de nuestra ruta alrededor del lago Victoria para poder ver a las familias de gorilas en su propio habitat, en el bosque impenetrable de Windy compartido por los tres países. Los gorilas, como no entienden de fronteras políticas se van moviendo por el bosque en busca de lugares frescos y comida abundante.

Llegamos a Kisoro después de una complicada ruta por carreteras de montaña llenas de polvo rojo y curvas cerradas y estrechas, en las que mejor no encontrarse con otro vehículo de frente.

Tenemos una habitación reservada en el Hotel Traveler, el famoso y mítico hotel en el que vivió Diane Fossey, la extraordinaria naturalista que levantó la voz y arriesgó su vida en defensa de los gorilas, que convivió con ellos, y donde fue asesinada por sus campañas en contra de la caza sistemática de estos primos y primates a los que ella dio voz. Gracias a ella hoy pueden disfrutar de una “cierta” protección.

Diane vivió en el hotel Traveler, un bonito hotel de planta baja y con todas las habitaciones abiertas al jardín común, con porches para las divertidas cenas, y un amable gerente belga buen conocedor de la zona.

Kisoro no tiene ningún interés. Fisonomía similar a la de la mayoría de los pueblos del país, mercados al aire libre con frutas y verduras, telas y muebles, y por el que pasean las mujeres y sus vestidos de telas estampadas de vivos colores y cestas en la cabeza. Mujeres africanas imparables e imprescindibles para la supervivencia. Siempre trabajando, llevando a sus pequeños, comprando, vendiendo, caminando y plantando. En continua actividad para dar de comer a sus familias.

Las casas bajas y sencillas, en hileras, van formando calles o las calles van estableciendo el orden de las casas. Los hombres sentados en los bordillos y en el arcén de las estrechas carreteras pasan las horas sin aparente actividad, charlando y quizás pensando en iniciar el camino hacia el norte, hacia ese continente que ven en la televisión y en las ropas y las caras de los viajeros.

Muy cerca de Kisoro está la aldea de los Pigmeos y preguntamos en el hotel cual era el mejor medio para visitarlos. El gerente belga nos hace cambiar de idea, al parecer viven en una situación de pobreza y de deterioro que los convierte en los excluidos, estigmatizados por el cultivo y la venta de marihuana, dice que se pasan el día probándola

Dos hombres congoleños se acercan al hotel al atardecer para concretar el viaje al bosque impenetrable en busca de los gorilas, y nos explican las normas, estrictas y de obligado cumplimiento. “En el bosque no pueden comer, ni beber, y no lleven gorras, ya que los gorilas más jóvenes pueden acercarse a cogerlas y provocar un conflicto. No hagan ruido, no se acerquen demasiado, no fumen, no los alteren y si alguno de ustedes tiene alguna enfermedad no puede venir ya que debemos preservar su salud, ah y un máximo de seis personas por día”.

Al día siguiente antes del amanecer llega un coche para buscar a Juanzi, Jose, Manolo y Marisa, los cuatro valientes que van a viajar a la frontera de Congo para intentar avistar a los gorilas

Al atardecer vuelven entusiasmados y no paran de contar, de enseñar las fotos y la grabación en video. El viaje, el paso por la frontera congoleña, el grupo de guardias que los rodeaban para protegerlos de “los animales” armados con AK4, y la caminata por el bosque-selva siguiendo a los guías que van abriéndose paso con machetes y caminan y caminan intentando ver entre la espesura. Un largo recorrido que se olvida cuando en un claro soleado y de verde frescor, aparecen. Una familia de 8 miembros, el enorme macho con la espalda plateada que todo lo vigila, dos hembras, y varios pequeños de distintos tamaños que se pasan el tiempo jugando, saltando, comiendo, y subiéndose a la espalda de su madre. De cuando en cuando levantan la mirada para fijarla en aquellos extraños que a una distancia de tres metros intentan, en silencio absoluto, no perderse ningún detalle de la escena y del momento.

Algunos gorilas más jovenes se acercan entre curiosos y amenazantes a los humanos, y los guías les hacen señas para que se vayan, intentando evitar un conflicto con el espalda plateada, que en cuanto ve peligrar su tranquilidad se acerca a ellos y tumba un árbol para colocarlo entre su familia y los humanos marcando las distancias. Este es el límite les dice con la mirada.

Continúan allí todo el rato que permite la visita, disfrutando del privilegio de poder verlos en libertad, en su montaña.

Cuando nos lo cuentan y nos enseñan las fotos cenando en el hotel Traveler, en esa atmosfera tan llena del recuerdo de Diane Fossey, los escuchamos con envidia.

 

©Mabel Pérez Simal

Llegamos a Kampala

Abad_IMG_6127webEn el aeropuerto cuando esperas el vuelo y ves que las pantallas anuncian Kampala se despiertan todos los sentidos hasta entonces un poco atolondrados, por las prisas, los controles de seguridad y los pasillos abarrotados del mes de julio, y en ese momento se dispara tu imaginación.

“Kampala sonoro, sugerente y evocador de tierras africanas, de animales y tribus, de safaris y jeeps descapotables donde viajan protagonistas con salacof”

Descubro que mi imaginación está llena de imágenes de las películas en las que distintos paisajes y países de África son protagonistas: Clak Gable vestido con pantalón corto y encarnando la imagen del gran cazador, la del poder colonial del hombre blanco; o los relatos de la mujer que tuvo una granja en África, la condesa Karen Blixen en “Memorias de África”, con una actitud más humana hacia sus kikuyos, pero manteniendo la distancia de los cócteles y la ropa elegante, de las vajillas y la sofisticación europea en medio de la llanura colonizada, y en contraste con una población indígena que se presenta pobre, inculta, supersticiosa y primitiva. Esta preciosa película y esta maravillosa historia trasmite muy bien la sofisticación y la pureza que da el color blanco en el África colonial. Color blanco en todo lo que les cubre, ropa, manteles, uniformes, sombreros, guantes, quizás es por la frescura del color y quizás por la gran distancia que marca con la negritud que les rodea.

Mis pensamientos se van a otra película, que también me impresionó y que supone un cambio sustancial en la forma de contar la relación de los blancos, europeos e ingleses en concreto y el continente. “El Jardinero Fiel” es un descubrimiento, con toda la belleza que le pone Meirelles a sus trabajos y la dureza y la crueldad en todas las formas posibles, directa e indirecta.

Con todos estos recuerdos de imágenes e historias llegamos a Kampala, y es de noche. En un taxi recorremos la ciudad -capital de Uganda-, extensa y de casas bajas con algunos edificios en el centro. Llegamos al hotel Spike a tiempo de dejar el equipaje y tomarnos una copa en la discoteca anexa, en la que suena música disco ugandesa, maliense y de Senegal, bailada por jóvenes guapos, sofisticadas, altas y bien vestidos. Elite ugandesa mezclada con la población extranjera que disfruta de unas copas al final del día.

Ese momento, en el hotel y en la disco es real, sucede, pero lo vivo con una sensación de irrealidad, será por el cansancio del viaje, la llegada de noche, la incógnita…. No se, quizás mañana a la luz del día podamos tomar conciencia de donde estamos, del lugar, del espacio, del paisaje y del país en el que aterrizamos.

Lo que vivimos esta noche parece una fantasía en la que apenas pasó el tiempo, excepto por la música y la ropa, podría ser una escena en la que mientras saboreamos un gin-tonic vemos aparecer a Ava Gardner buscando una copa.

Y se hace la luz, amanece y muy, muy temprano nos ponemos en marcha para iniciar el viaje. Todo es más feo y sucio a la luz del día, el edificio del hotel y las casas que lo rodean, de aspecto mejorable, y una calle con aceras y asfalto escaso en la que conviven unos enormes árboles donde se posan los marabús, carroñeros y fuera de lugar.

Se va abriendo el día mientras viajamos con rumbo a los grandes Parques y Lagos del norte del país y dejar la ciudad es un alivio.

© Mabel Pérez Simal

ÁFRICA

UGANDA. SIDA. PREVENCIÓN. PUBLICIDAD.

“África”. Habitualmente se nombra así, en genérico, como si fuera un todo y no un continente lleno de países y paisajes diversos, personas, culturas y tribus diferentes. Situaciones cambiantes que vemos en las noticias, y que en la mayoría de los casos no son buenas. Será esto, será que la pobreza endémica, la enfermedad y el desamparo al que los poderes económicos, y otros elementos a los que podríamos definir como esos “perversos polimorfos”,  los someten, los unifica y los iguala, haciendo que pensemos en África con una mezcla de sentimientos entre los que también cabe el miedo.

Cada vez que oímos la palabra “subsaharianos” o “África subsahariana”, se nos llenan los ojos con las imágenes de barcas perdidas en el estrecho, de rescates y de náufragos, de miles de muertos y de devoluciones en caliente, de desesperación en los que intentan llegar y de dureza y fascismo en los vigilantes.

Con esta imagen, la de los que huyen del lugar al que nos dirigimos, y los miedos de no saber lo que nos encontraremos al sur del desierto del Sahara, iniciamos un viaje para visitar Kenia y Uganda.

Vamos a recorrer el perfil del Lago Victoria, ese enorme lago de África Central rodeado de grandes parques y paisajes de bosques, selvas y  llanuras de color amarillo. Vamos cargados con una mochila y un montón de preocupaciones, por los insectos, por los estados, por las guerrillas, por….. tantas y tantas situaciones posibles y distintas a las que vivimos en nuestro mundo seguro, previsible y cotidiano.

Es un viaje importante y vamos con la certidumbre de todo lo leído, visto y oído, con todas las imágenes que bullen en nuestras cabezas, y las palabras de los que nos contaron sus experiencias en distintos lugares del continente.

Es un placer releer, antes de salir, la historia de aquellas mujeres intrépidas que en el siglo XIX viajaban a los mundos desconocidos de la India, África y Oriente, acompañando a sus maridos exploradores, o poniendo en marcha sus propias expediciones, rodeadas de servicio, protegidas del sol y con kilos y kilos de equipaje.

Cristina Morató nos relata en su libro, Las Reinas de África, la historia de esas damas que en plena selva se vestían formalmente para cenar o tomaban el té de las cinco en sus tazas de porcelana, y que también sabían cabalgar, cazar con arco, disparar un fusil, organizar una expedición con cientos de porteadores y construir un hogar en regiones inhóspitas.

Busco la opinión y los textos de Jan Morris sobre este continente, y me sorprende que en su libro Un mundo escrito, que reúne sus crónicas y relatos de cincuenta años por todo el mundo, apenas dedica unas páginas a hablar de los países africanos, y lo hace para relatar las ceremonias de celebración por la independencia en los distintos países durante los años 50 y 60 del siglo XX.

Una novela que para mí fue importante leer antes del viaje es La Biblia envenenada de Barbara Kingsolver, un recorrido de la mano de las mujeres de la familia de un pastor baptista que se impone una misión catequizadora imposible, y persevera, mientras ellas van contando lo que les sucede en el Congo. Reveladora del desconocimiento y las ideas preconcebidas con las que viajamos.

Pero el conocimiento fundamental antes de viajar a un país africano es el que aporta Ryszard Kapuscinski en su libro Ébano, encuentro obligado para todas, viajemos o no. Resulta fundamental conocer su particular visión de este continente.

Nos cuenta:

“He vivido unos cuantos años en África. Fui allí por primera vez en 1.957. Luego, a lo largo de cuarenta años, he vuelto cada vez que se presentaba la ocasión. Viajé mucho. Siempre he evitado las rutas oficiales, los palacios, las figuras importantes, la gran política. Todo lo contrario, prefería subirme a camiones encontrados por casualidad, recorrer el desierto con los nómadas y ser huésped de los campesinos de la sabana tropical. Su vida es un martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos.

De manera que éste no es un libro sobre África, sino sobre algunas personas de allí, sobre mis encuentros con ellas y el tiempo que pasamos juntos. Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Solo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos África. En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe”.

Con estas y otras lecturas, películas e imágenes iniciamos el viaje a Uganda, a su capital Kampala, en un vuelo largo y cómodo de avión.

© Mabel Pérez Simal