Archivo del Autor: Mabel

Las jóvenes mujeres palestinas

Mabel, Palestina, grupo mujeres, 2017

Sondos tiene 23 años y estudia música en la Universidad. Es más baja que las demás y adorna su cabeza con un gran pañuelo negro. Enérgica y decidida, se define como feminista, y es muy consciente de las limitaciones que tienen las mujeres en Palestina para acceder a un trabajo y a una vida independiente. Ella no duda al explicar que no piensa tener hijos y que prefiere renunciar a su propia familia para poder crecer y trabajar y viajar.

Harah tiene 19 años, igual que Islam y Saja, Rawand 23 e Hidaya de 35 es la mayor del grupo, pero participa igualmente de las bromas y de las risas mientras nos pregunta con la misma dulzura de las demás.

Tienen dirección de correo electrónico y la compartimos, quieren saber, conocer, acceder a la información y mantener el contacto. Saben utilizar todos los recursos que ofrece internet y nos hacemos fotos que de inmediato cuelgan en sus redes sociales, con la habilidad y la velocidad de todas las jóvenes.

Este viaje está lleno de descubrimientos y de muchos matices que poco a poco vamos desenredando. Las informaciones que nos llegan a través de los medios son muy generales, no entran en el detalle, y si lo hacen es por algún interés, no palestino por supuesto. Hablan del conflicto y poco de la ocupación, hablan de la guerra y nada de la cotidianidad, de la dura supervivencia y de la falta de esperanza, de la presencia y de la formación de la población más joven que crece con la conciencia de la situación de su pueblo, y nos preguntamos cómo lo va a gestionar esta nueva generación de chicos y chicas. A todo este enorme conflicto derivado de la ocupación ilegal israelí, hay que añadirle un nuevo enigma, el perfil generacional.

En las reuniones en las que participamos la mayoría de los dirigentes son hombres y mayores, alguna mujer joven que solo en ocasiones interviene ¿donde están las mujeres y las personas más jóvenes?

Un amigo palestino de Natalie nos cuenta que el ejército israelí está deteniendo a jóvenes palestinos, entran en sus casas por la noche y se los llevan. Detenciones selectivas nocturnas y sin ruido para asustar a una población joven e inquieta, que tiene menos paciencia que la Autoridad Palestina.

Todo futuro es una incógnita en este lugar, en esta pequeña, pequeñísima parte del mundo en la que se dirimen demasiados intereses, los que le son propios y otros ajenos, con un gobierno israelí con graves acusaciones de corrupción, y con algunas discrepancias entre la población palestina sobre la gestión de su propio gobierno.

Me llevo la esperanza de las mujeres jóvenes y sus aspiraciones de independencia y libertad, claro, contando con que sus mayores sean generosos e inteligentes y que los sionistas recuerden que alguna vez tuvieron alguna fe. Ahora ya solo se dan golpes contra un muro.

©Mabel Pérez Simal

Geografía y territorio

“Territorio”

“La geografía sirve para hacer la guerra”

Decía un famoso geógrafo que el estudio de la geografía sirve para hacer la guerra, y se preguntaba: “¿que otro motivo habría para que les interese a los diferentes grupos humanos conocer las distancias y el límite exacto del territorio? Para poder tomarlo, invadirlo y hacerlo suyo, esa es la verdadera finalidad de los mapas”.

En los edificios del gobierno Palestino, de las organizaciones sindicales y sociales que visitamos, las paredes están llenas de grandes mapas. Mapas del territorio y de las fronteras trazadas en base a los acuerdos o decisiones internacionales. En 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió la partición de Palestina en dos: un estado judío y otro palestino, con Jerusalém como ciudad internacional. Este plan fue rechazado por los palestinos, y en la guerra de 1.948 Israel toma el control de la parte occidental de Jerusalém.

En 1949 la franja de Gaza y Cisjordania se convirtieron en áreas geográficas diferenciadas como resultado del armisticio, hasta que, en junio de 1.967, Israel inicia el ataque y de nuevo la guerra ocupando Jerusalém, Cisjordania, la franja de Gaza, los altos del Golán y la península del Sinaí. Israel negocia tierra por paz, y devuelve parte de los territorios que había ocupado a cambio de acuerdos de paz que reconocieran las fronteras de Israel. Eso sí, parte de los territorios ocupados, porque se queda con los altos de Golán con importantes acuíferos.

Al recorrer el territorio el chofer palestino te va señalando las líneas, las de 1.949, las modificadas en 1.967, y como, al margen de la comunidad internacional y de los históricos acuerdos, el gobierno israelí las modifica y las cambia a su antojo, decide donde se corta, donde se construye o se destruye, limitando, coartando, y hacinando al pueblo palestino.

Viendo los mapas de West Bank, Gaza y la división de Jerusalém sobran las palabras.

El mapa, la geografía es muy clara delimitando las zonas, las bases militares israelíes, las áreas militares cerradas, los asentamientos de colonos y la tierra cultivada. Las carreteras, con distintos colores para señalar en las que está prohibida o restringida la circulación de vehículos palestinos. Y esa línea densa y roja que marca el recorrido del muro que todo lo rodea y lo separa.

Línea roja que “protege” las zonas ocupadas, roja continua para el muro acabado y roja discontinua para el que está en construcción. Un parapeto de cemento, una barrera que rodea Cisjordania y que se mete y rodea zonas cada vez más extensas dentro de ella.

Mapas en movimiento que revelan la OCUPACIÓN permanente y continuada.

Se pueden consultar los diversos mapas en Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA).

©Mabel Pérez Simal

 

 

 

Los olivos

 

“Olivos llenos de significado”

El paisaje verde olivo, matizado y con toques de plata.

Olivos como esculturas del tiempo, supervivientes.

Salimos de Jerusalém en dirección a Nablus, para visitar un paso fronterizo entre Palestina y los territorios ocupados.

Al poco de iniciar el viaje nos encontramos con el MURO, de hormigón enorme y gris, que divide y parte en dos todo lo que encuentra. El Muro y las carreteras militares se construyen para interrumpir, para demostrar que se puede hacer donde y cuando quieren, y viéndolo te das cuenta de que su intención no es defensiva, es la de partir, la de ocupar, es una demostración de poder para aislar, es su poder.

Cuando los militares israelíes deciden hacer una carretera, atravesando cualquier zona de Palestina, WEST BANK (Cisjordania), pues la hacen y las personas, palestinas, ven como sus casas y sus tierras quedan partidas en dos, y si tienen suerte van a tener una puerta o un paso cerca para poder seguir cultivando sus hortalizas, o sus olivos o naranjos, y si no, tendrán que caminar kilómetros y pasar un control para poder seguir pisando sus huertas.

Seguimos viaje por Cisjordania, y a los lados de la carretera vemos pueblos pequeños rodeados de campos de olivos, en muchos casos plantados en terrazas, el olivo, la permanente presencia.

“Los acuerdos de Oslo no permiten construir colonias”

En varias ocasiones nos encontramos con un grupo de construcciones, de casas nuevas y pequeños edificios rodeados de huertas, y aislados con vallas electrificadas y una barrera de control para subir a la colina ocupada por un asentamiento judío. Allí viven, lejos de cualquier ciudad, lejos de lo que los acuerdos internacionales entienden por su territorio, lejos de la civilización, mantenidos por el gobierno y con la única misión, militante, de ocupar ese espacio, una colina o un valle más arrebatados ilegítimamente y ante los que nadie, comunidad internacional, ni responde, ni exige, ni reclama, ni condena, ni nada de nada. La impunidad de los avances de los israelíes en territorio Palestino es indecente e imparable. Con el actual gobierno de Netanyahu son más de 6.000 los colonos que se están instalando.

Me sobrecoge el relato de cómo, si protestan, les cortan los olivos para humillar al pueblo palestino, es su árbol y quieren matar su significado.

©Mabel Pérez Simal

 

 

El motivo del viaje

Viajo a Palestina con una delegación de sindicatos de diferentes países de la Unión Europea, Brasil y Canadá. Vamos con la misión de hacer un informe que refleje la situación de las personas trabajadoras palestinas en los territorios ocupados. Entrevistarnos con sindicatos palestinos e israelíes, con los oficiales y con las pequeñas organizaciones que están intentando poner en marcha proyectos de defensa de sus derechos, de su derecho al trabajo y a un salario en condiciones de dignidad y respeto.

Informar para que los organismos internacionales puedan presionar y establecer mecanismos de garantías laborales, de mínimos de calidad en medio de la ocupación ilegal, en medio de la guerra y el maltrato, de los muros y pasos fronterizos, y de soldados armados frente a jóvenes desesperados. Informes, protocolos, mediaciones…….bla, bla, bla. Y más y más diplomacia……bla, bla, bla…. “todo es muy complicado” te dicen cuando preguntas a la UE y demás, que consienten la ocupación israelí. Toda una complicación que evita poner nombres a las cosas y no hablar de la explotación laboral, de los abusos, de la inhumanidad de un pueblo vengativo.

Subiendo una de las suaves montañas que rodean Jerusalém, veo a lo lejos Jordania separada por el valle del Jordán, e imagino tiempos de concordia, de tierra fértil y de vida en paz.

©Mabel Pérez Simal

Jerusalém

“Casas y edificios hechos con piedra del color de la arena”

“Suelos de piedras gastadas, tan lisas que brillan”

Un tremendo atasco nos detiene a las puertas de la ciudad. El viaje del aeropuerto Ben Gurión a Jerusalém circula por modernas autopistas con tráfico intenso. A las 18,30 de la tarde llegamos al National Hotel, el lugar donde históricamente se reunía la OLP para organizar la defensa de su país, de su territorio arrebatado. Después de un viaje que se inició doce horas antes camino del aeropuerto en Madrid, ya estamos aquí.

Juan, amigo de Coruña y de vacaciones en Jerusalém me está esperando para guiarme por sus lugares favoritos. Un minuto para registrarme y salir corriendo llena de curiosidad por recorrer esta mítica ciudad.

Cansada de estar sentada, de aeropuertos, aviones y bus, es un placer caminar desde el hotel hasta la muralla que rodea el viejo Jerusalém y empezar a subir sus calles donde las tiendas, los bares, y la gente tienen en la cara la prisa de la recogida del final del día. Un paseo por una Medina de ciudad árabe con todo su encanto, interrumpido a cada paso por un puesto militar donde, rodeados de sacos y de armas los israelíes vigilan cada esquina.

Nos impresiona ver a un joven judío, con los tirabuzones y la camisa del traje tradicional, paseando con su novia -eso suponemos por las caras de timidez de los dos- y con un fusil automático colgado del hombro con total naturalidad. La presencia constante de israelíes, militares y civiles, armados, es la primera imagen del viaje.

Jerusalém, con sus calles llenas de pequeñas tiendas palestinas, pequeños cafés para descansar y tomar un té en medio del ir y venir de las gentes apuradas por sus estrechas y empinadas calles, y el contraste con la zona israelí y sus calles anchas y europeas, sus terrazas y su moderno tranvía, pero, en ambos lados ves a los cientos y cientos de personas que caminan, que van y vienen, que trabajan, pasean, se enamoran, toman un helado con sus hijos, o rezan a voces frente al muro de las lágrimas (lamentaciones) y se retiran a sus casas a cenar, y escuchan música en un local, y caminan rápido buscando la oportunidad de cobrar una deuda que les permita pagar la renta de su casa.

No puedo dejar de mirar a esa mujer palestina cansada después de todo el día de trabajo en una casa israelí, y que vuelve a su tierra, unas calles más abajo, para preparar la cena de sus hijas.

Una primera inmersión en la vida cotidiana de esta milenaria ciudad en la que sientes una normalidad y una tranquilidad extraña y vigilada en cada cruce de calles por los soldados, armados para proteger esa quietud, que no calma.

Una presencia continua de militares y policía que te hacen sentir dentro del mapa del conflicto.

©Mabel Pérez Simal

Mulleres buscando refuxio

Que a lectura sanda é certo, e a escritura tamén. Estás aquí, miras e compartes conversas, escoitas e escribes. É coma cando soltas o suspiro que te afoga e sentes alivio; pois eu ao escribir, tamén.

Ao final do día, coas emocións acumuladas, recordas o vivido, as caras e os nomes, os sorrisos, as miradas, as mulleres e as nenas tan vulnerables, a contorna, ese tempo detido en que se converteu a súa vida. Estremécete velas lavando a roupa, ordenando a tenda e as súas escasas pertenzas, apenas o que puideron sacar e, sobre todo, o que poden transportar. Peitean as súas nenas, carrexan auga, fan cola para a comida, a roupa, o calzado; conversan entre elas e por veces sorrín, mesmo nalgúns momentos escóitalas rir abertamente, cun riso liberador e cómplice. Durante uns segundos, os seus ollos escuros e amables tórnanse alegres.

Mulleres refuxiadas que trasfegan polo campo ocupando o tempo en tarefas cotiás, miúdas. Visten de xeitos diversos, máis tradicional ou menos e, na maioría dos casos, cun pano tapándolles o pelo e o pescozo. Fan ringleiras para case todo, separadas dos homes para manteren a distancia que a súa cultura lles dita. Comunícanse coas voluntarias: séntense cómodas cando entras na súa khaima e te sentas a leriar e a tomar un té; e malia o seu escaso vocabulario en inglés, sempre hai unha filla ou un neto que traduce.

Indo e vindo días e conversas, empezas a apreciar as diferenzas entre elas: distintos países, formación, idade e carácter marcan os matices.

Mulleres grandes e curtidas como a nai de Zhara, alta e movéndose polo campo con determinación, decidida a buscarlle un futuro á súa filla, soa; o seu home está encarcerado en Siria.

Mulleres maiores como Sma, avoa de cinco netos, todos mozos, cos que fuxiu após o asasinato dos seus pais e que a obedecen sen refungar.

Mulleres cubertas e discretas en público que saben que a súa seguridade está cos seus homes, nun ambiente hostil onde todo es máis difícil para elas.

E Fareeda, muller do Kurdistán, orgullosa e amable. As valentes mulleres kurdas afeitas a pelexar e a defender a familia, e tamén o seu pobo, perseguido nos distintos países onde asenta a súa patria.

Tamén está Yamila, de 62 anos, que viaxa soa. Yamila vivía en Damasco, Siria, no campo de refuxiados de Yarmouk. Seus pais, palestinos de Akka, fuxiron de Palestina en 1948, despois da invasión israelí, sendo uns nenos de 12 e 13 anos. Coñecéronse en Siria e casaron, e alí naceu Yamila, nunha familia moi numerosa. Naceu e medrou en Yarmouk, un campo que era como unha cidade. Cando morreu o seu home, hai un ano, decidiu abandonar Siria canda uns veciños porque non se sentía segura alí.

Ao pouco de emprender a viaxe quixeron abandonala e quedar cos seus cartos; ela díxolles que eran coma o Daes e conseguiu marchar, aínda que tentaron pegarlle. Viaxou ata o norte, ben tapada de negro, cun grupo de catro persoas coas que se encontrou e que a acompañaron. Na fronteira entre Siria e Turquía disparáronlles: «A policía disparaba ás persoas que intentaban pasar. Pagueille a un home para que me axudara, colleu os cartos e empurroume. Esa foi a miña viaxe, todo o tempo caendo e erguéndome».

Yamila pagou setecentos dólares para chegar á fronteira e outros mil para pasar a Turquía. Atravesaron Turquía e chegaron ao mar. Alí pagáronlle setecentos dólares a outro traficante para cruzar a Lesbos nun bote ateigado de xente; varias persoas morreron na travesía. Logo de catro horas de chuvia e marusía, coa policía turca disparando ao saíren, deron chegado a Lesbos o 19 de marzo; en transbordador a Atenas e en bus ao campo de Katsikas, en Ioannina, onde chegou o 20 de marzo.

O resumo da viaxe de Yamila é este: «Vimos e pasamos todo o malo.»

—E que esperas Yamila? —pregúntolle.

—Dixéronnos que os países da Unión Europea se repartirían as persoas refuxiadas e estou esperando a reunirme coas miñas fillas, dúas, que están en Alemaña cos maridos; outras dúas ficaron en Siria. Espero que me reciban alí. Ademais, teño os mesmos anos que Ángela Merkel.

Yamila ri, ri moito, conta as súas penas e a seguir regálache un enorme sorriso que lle ocupa todo o rostro, quítalle pena ao seu relato porque ela quere vivir a vida con alegría.

—Sempre sorrís, Yamila!

—Si, porque é o meu sentimento, odio a tristeza; se caio, levántome, sempre de pé. Estou viva.

Yamila é unha enorme muller, orgullosa da súa nación, Palestina, consciente das dificultades que aínda lle esperan e coa determinación e a forza que lle permitiron chegar ata aquí.

Dúas horas de charla sentadas na khaima de Yamila son o mellor estimulante, e permanecerá no meu pensamento para iluminar, co seu sorriso, os días máis grises do inverno.

Moitas máis mulleres refuxiadas, a pesar da dureza da viaxe e da súa vida no campo, conservan a enerxía, a forza, e recoñézoas na mirada. Non importa a roupa, o pano nin a cor, nin a lingua. Ao mirarnos aos ollos descubrimos todo o que temos en común. Somos todas.

© Mabel Pérez Simal

 

KISORO

Viajamos por Uganda hacia el sur para llegar a Kisoro, muy cerca de la frontera con Congo y Ruanda. Nos desviamos de nuestra ruta alrededor del lago Victoria para poder ver a las familias de gorilas en su propio habitat, en el bosque impenetrable de Windy compartido por los tres países. Los gorilas, como no entienden de fronteras políticas se van moviendo por el bosque en busca de lugares frescos y comida abundante.

Llegamos a Kisoro después de una complicada ruta por carreteras de montaña llenas de polvo rojo y curvas cerradas y estrechas, en las que mejor no encontrarse con otro vehículo de frente.

Tenemos una habitación reservada en el Hotel Traveler, el famoso y mítico hotel en el que vivió Diane Fossey, la extraordinaria naturalista que levantó la voz y arriesgó su vida en defensa de los gorilas, que convivió con ellos, y donde fue asesinada por sus campañas en contra de la caza sistemática de estos primos y primates a los que ella dio voz. Gracias a ella hoy pueden disfrutar de una “cierta” protección.

Diane vivió en el hotel Traveler, un bonito hotel de planta baja y con todas las habitaciones abiertas al jardín común, con porches para las divertidas cenas, y un amable gerente belga buen conocedor de la zona.

Kisoro no tiene ningún interés. Fisonomía similar a la de la mayoría de los pueblos del país, mercados al aire libre con frutas y verduras, telas y muebles, y por el que pasean las mujeres y sus vestidos de telas estampadas de vivos colores y cestas en la cabeza. Mujeres africanas imparables e imprescindibles para la supervivencia. Siempre trabajando, llevando a sus pequeños, comprando, vendiendo, caminando y plantando. En continua actividad para dar de comer a sus familias.

Las casas bajas y sencillas, en hileras, van formando calles o las calles van estableciendo el orden de las casas. Los hombres sentados en los bordillos y en el arcén de las estrechas carreteras pasan las horas sin aparente actividad, charlando y quizás pensando en iniciar el camino hacia el norte, hacia ese continente que ven en la televisión y en las ropas y las caras de los viajeros.

Muy cerca de Kisoro está la aldea de los Pigmeos y preguntamos en el hotel cual era el mejor medio para visitarlos. El gerente belga nos hace cambiar de idea, al parecer viven en una situación de pobreza y de deterioro que los convierte en los excluidos, estigmatizados por el cultivo y la venta de marihuana, dice que se pasan el día probándola

Dos hombres congoleños se acercan al hotel al atardecer para concretar el viaje al bosque impenetrable en busca de los gorilas, y nos explican las normas, estrictas y de obligado cumplimiento. “En el bosque no pueden comer, ni beber, y no lleven gorras, ya que los gorilas más jóvenes pueden acercarse a cogerlas y provocar un conflicto. No hagan ruido, no se acerquen demasiado, no fumen, no los alteren y si alguno de ustedes tiene alguna enfermedad no puede venir ya que debemos preservar su salud, ah y un máximo de seis personas por día”.

Al día siguiente antes del amanecer llega un coche para buscar a Juanzi, Jose, Manolo y Marisa, los cuatro valientes que van a viajar a la frontera de Congo para intentar avistar a los gorilas

Al atardecer vuelven entusiasmados y no paran de contar, de enseñar las fotos y la grabación en video. El viaje, el paso por la frontera congoleña, el grupo de guardias que los rodeaban para protegerlos de “los animales” armados con AK4, y la caminata por el bosque-selva siguiendo a los guías que van abriéndose paso con machetes y caminan y caminan intentando ver entre la espesura. Un largo recorrido que se olvida cuando en un claro soleado y de verde frescor, aparecen. Una familia de 8 miembros, el enorme macho con la espalda plateada que todo lo vigila, dos hembras, y varios pequeños de distintos tamaños que se pasan el tiempo jugando, saltando, comiendo, y subiéndose a la espalda de su madre. De cuando en cuando levantan la mirada para fijarla en aquellos extraños que a una distancia de tres metros intentan, en silencio absoluto, no perderse ningún detalle de la escena y del momento.

Algunos gorilas más jovenes se acercan entre curiosos y amenazantes a los humanos, y los guías les hacen señas para que se vayan, intentando evitar un conflicto con el espalda plateada, que en cuanto ve peligrar su tranquilidad se acerca a ellos y tumba un árbol para colocarlo entre su familia y los humanos marcando las distancias. Este es el límite les dice con la mirada.

Continúan allí todo el rato que permite la visita, disfrutando del privilegio de poder verlos en libertad, en su montaña.

Cuando nos lo cuentan y nos enseñan las fotos cenando en el hotel Traveler, en esa atmosfera tan llena del recuerdo de Diane Fossey, los escuchamos con envidia.

 

©Mabel Pérez Simal

ALL GIRL GETAWAYS

La mayoría de los relatos contados en este blog son de viajes en compañía, excepto un par de ellos que los hice sola. Sola para pasear y sentarme a ver pasar a la gente. Sola para comer cuando quiera o aprovechar la hora de no comer para descubrir una joya en esa librería vista al pasar. Sola para descubrir rincones, para escuchar silencios y también para confirmar que el tiempo se multiplica cuando no lo compartes.

En un artículo hablando de mujeres viajeras comentaba Cristina Morató: “El fenómeno ya tiene nombre en EEUU “All girl getaways” y empieza a ponerse de moda en España, en donde la población femenina es el 70% de la clientela de las agencias de viajes…”

Estos números coinciden con otros que publican de cuando en cuando, y que nos cuentan que a los cines y teatros acudimos más las mujeres, que compramos y leemos más libros, visitamos exposiciones y ahora sé que también viajamos más.

Pensando en ello voy recordando a algunas de las mujeres a las que conocí viajando solas, pocas, pero todas mujeres decididas y de sonrisa fácil y abierta, curiosas y siempre dispuestas para la conversación.

Kayla es una mujer joven, grande, enérgica y australiana que viaja con su mochila y su tablero de ajedrez plegable, un lenguaje universal. Los días en que coincidimos -en el barco y en una pequeña isla del archipiélago de Indonesia-, era habitual verla echando una partida con un pescador, un taxista o el cocinero del pequeño hotel.

Solange es una mujer francesa, alta y con unos preciosos rizos canosos cayendo sobre su cara sudada. Estábamos llegando al final de una de las etapas del Camino de Santiago, de las primeras que atraviesan Navarra, y la encontramos sentada en una roca un poco sofocada. Descansamos con ella y compartimos el agua y la charla sobre el esfuerzo, la edad o los motivos, y caminamos juntas hasta el pueblo final de etapa para todas. Cenar con ella en el bar del hotel disfrutando de su elegancia y sofisticación fue un placer, al que se sumaron sus historias de viajera permanente a lo largo de sus casi 85 años.

Maruja presumía de ser una mujer corriente, y todo en ella lo parecía. No había ningún rasgo llamativo en esta mujer de setenta y dos años que nos contaba una vida dedicada a su marido y a criar a sus hijas, sin apenas salir de su ciudad en una capital de provincia. Todo muy convencional, hasta el día en que se quedó viuda y decidió viajar. La conocimos en Shanghai, en el hotel Europa y compartimos una tetera y unas horas deliciosas escuchando sus impresiones sobre la India o Japón, sobre lo que le había gustado de Brasil o de Argentina, de las ganas que tenía de viajar al África Central y de sus dudas sobre el calor. Estaba conociendo los lugares más lejanos, nos explicaba, porque la vieja Europa ya la dejaba para cuando se hiciera mayor y tuviera menos energía.

María es gallega y amante del Caribe, y esto es literal. Amante del calor, del agua turquesa y la arena, de la poca ropa y el daiquiri, la comida y el relax que le ofrecían en ese hotel de todo incluido, en el que poder descansar y cargarse de energía. El encuentro ocasional con algún joven de la isla, eso sí muy protegida, formaba parte de las vacaciones y del disfrute sin compromisos. Creo que intentaba escandalizarme con los detalles cuando coincidimos tomando una copa en la playa.

Fernanda vivía en Madrid y un día decidió dejar su trabajo e irse. Nos encontramos en un campo de personas refugiadas en Grecia y al final del día y de las tareas hablamos del porqué de su viaje y nos contó. Después de varios años de trabajo intenso en una empresa tecnológica, de ser la mejor, la imprescindible, la que no mira el reloj ni la vida, había decidido pedir una excedencia por dos años y viajar. Su familia y amigos creían que se cansaría pronto y volvería, ella no. Unos meses colaborando con una ong y luego no sé, habrá algún otro lugar.

Mujeres y más mujeres a las que admiro, a todas, por su decisión de viajar movidas por sus ganas de conocer lugares y gentes de todo el mundo. Una inquietud maravillosa.

©Mabel Pérez Simal

 

 

 

Historias de Aeropuerto: RETRASO A DUBAI

Todas las personas que viajamos, poco o mucho, podemos contar alguna historia sucedida en un aeropuerto. Solemos coincidir en las de retrasos o equipajes perdidos, -como cuando vuelas a Santiago de Compostela y tus maletas acaban en Santiago de Chile-, otras versan sobre los hombres o mujeres que nos acompañan en el viaje, -con una cercanía cada vez más estrecha-, amables o ariscos, enfadadas o disfrutadoras, dormilones sonoros o lectoras incansables…. Encuentros y sucesos que van componiendo pequeñas historias que nos pueden arruinar un viaje o que nos pueden parecer divertidas, equívocas e incluso muy interesantes.

Esta pequeña historia de aeropuerto empieza en el de A Coruña, rumbo a Ibiza y con escala en Madrid. Parece que se retrasa, si, nos confirman un pequeño retraso que se va haciendo mayor, “lo sentimos, estén atentos a las pantallas e irán recibiendo información”. “No, no sabemos nada, no tenemos información y desconocemos el motivo del retraso”.

Algunas personas empiezan a apretarse en los mostradores, perdone es que tenemos un tránsito en Madrid y vamos a perder la conexión para Franfurt, Milán, Londres, Ibiza o Lanzarote.

“No se preocupen, no hay problema, parece que el retraso que está sufriendo Barajas afecta a todos los vuelos, por tanto si ustedes llegan retrasados su avión también saldrá retrasado y lo cogerán, tranquilos, nos informan de que el caos en Barajas es importante así que no se preocupen seguro que lo cogen.”

Las razones parece que son atmosféricas, ¿cómo?, ¿en junio en Madrid? Si, parece que está lloviendo. Y seguimos esperando….. hasta que nos llaman para embarcar con dos horas de retraso.

Nos sentamos en un asiento de pasillo y del medio, en compañía de un hombre joven, treintañero, que se mueve inquieto pegado a la ventanilla. Mira, busca a una azafata y toca el timbre varias veces hasta que una experta auxiliar de vuelo viene a atenderle y él le explica: “tengo que coger un avión en Madrid rumbo a Franfurt y voy muy justo, por favor, ¿habría un sitio en las primeras filas para poder salir antes e intentar llegar al otro embarque?”.

“Está bien, lo voy a mirar”.

Continúa muy nervioso cuando despegamos e iniciamos una accidentada travesía con vaivenes y turbulencias. Vuelve a preguntar, “oiga por favor, ¿me dice si puedo tener un sitio más cerca de la salida, que tengo mucha prisa para desembarcar?”.

“Lo siento señor, es imposible, hay muchos pasajeros en tránsito que están en el mismo caso que usted y no podemos cambiarlos a todos.”

“Ya, señorita, pero lo mío es muy urgente, voy a trabajar y no puedo llegar con retraso”.

“Lo siento, señor, pero cada pasajero tiene su propia urgencia”.

Insiste un poco más antes de resignarse a permanecer en la fila 25, a nuestro lado, encajonado en la ventanilla y sufriendo durante todo el viaje.

Charlamos con él intentando tranquilizarlo -muy difícil ya que no creemos que tenga ninguna posibilidad de coger su vuelo-, pero estamos a 5000 pies y no puede hacer nada. Nos explica que acaban de seleccionarle para un puesto de trabajo y que va a presentarse para que le hagan el contrato y claro, no es muy apropiado llegar a firmar tu primer contrato con un día de retraso.

Cuando empezamos a acercarnos y sentimos la bajada del tren de aterrizaje, nos dice que él va a salir, en cuanto tome tierra el avión y antes de que nadie se mueva, se va a desabrochar el cinturón y va a salir. Este es el plan: va a coger su maleta y va a correr por el pasillo hasta la puerta delantera para estar el primero en cuanto se abra. Queréis venir?

La verdad es que no, pero no te preocupes que nos levantamos, te dejamos salir y te deseamos mucha suerte.

En cuanto tocamos tierra activamos el plan, y muy rápido se levanta, coge su maleta y se lanza a la carrera por el pasillo vacío. Todo el pasaje lo mira mientras corre hacia la puerta delantera.

El avión al fin se para y oimos la voz del comandante que por el altavoz anuncia que el desembarco se efectuará por la puerta trasera.

OH NO, nos imaginamos que grita nuestro vecino de asiento mientras ve como todos los pasajeros salimos antes que él. La mala suerte o la famosa ley de Murphi hace que no quepa en el primer bus que llega a recogernos.

Un rato más tarde nos volvemos a encontrar en el mostrador de la compañía esperando  una alternativa el enlace perdido.

“Crees que podrás solucionarlo en el trabajo?”

“Espero que sí, voy a Dubai a trabajar de restaurador de obras de arte en un museo que van a abrir allí, el Louvre”.

El Louvre????

Una semana después, de vuelta en Madrid haciendo escala entre el vuelo de Ibiza y el de Coruña nos volvemos a encontrar. Se le veía tranquilo y emocionado después de una semana en Dubai y de haber firmado el contrato. Pasamos un rato muy divertido escuchando sus impresiones del país, la casa en la que va a vivir, la gente y su trabajo, sus dudas, expectativas y sus ganas de volver en una semana y ya para quedarse.

Una historia de viaje llena de significados que nos hablan de emigración, de angustias, de prisas y tranquilidades –al menos por dos años- pero también de desarraigo y distancia.

©Mabel Pérez Simal

Lisboa y el Museo

Caballo Etrusco.

Caballo Etrusco. ©Xosé Abad

Vuelvo a Lisboa, de nuevo por motivo de trabajo y sola. La última vez no fue muy bien, quizás porque llovía y me sentí mojada, triste e insegura, pero tenía ganas de volver, siempre tengo ganas de volver a esta ciudad.

Tantas veces paseando por sus calles y sus barrios, subiendo sus cuestas y mirando desde el tranvía o el ascensor, -acompañada de un amor, amigas o familia-  y siempre me despido con la necesidad de ponerle fecha al regreso, para pasearla más y conocerla mejor.

Empezamos bien, hace sol y el avión, un bimotor pequeño, es mucho mejor que el anterior. Un viaje cómodo que antes de aterrizar nos regala la enorme visión de toda la costa Atlántica,  el río Tejo bajando cada vez más ancho para juntarse con ese mar que con la mezcla se suaviza. Y la ciudad, preciosa Lisboa en la desembocadura mojada por el agua dulce y salada, en el límite líquido y marcado por esos dos puentes que parecen conectarla con un más allá que apenas se distingue de tan lejano.

Pienso en una forma de primer reencuentro tranquilo y envolvente, y ese no está en la calle, no, a pesar del sol espléndido necesito algo de privacidad para incorporarme de nuevo a esta ciudad. Tengo la tarde libre y me voy a visitar el Museo Calouste Gulbenkian, para dedicarle y dedicarme tiempo.

La primera sala es pequeña pero intensa, pocas piezas llenas de ligereza y buen gusto nos presentan el antiguo Egipto, y las clásicas Grecia y Roma. No se si son las que pudo conseguir este extraordinario coleccionista o si están escogidas, porque lo parecen. Me admira el “Baixo relevo do Sacerdote Ameneminet”,  de la XVIII dinastía en 1.320 a.c.

El placer de recorrer la sala dedicada a Persia con sus impresionantes tapetes, ceramicas y alfombras nos traslada a aquellos tiempos de los cuentos y las riquezas y la sabiduría de una humanidad que hoy se empeña en destruirlo todo. Piezas de colores azúles y turquesas de una increíble exquisitez nos hablan de cultura, de arte y de civilización.

Le sigue Turquía y el Imperio Otomano que dan paso a la sala de Arte de Extremo Oriente. La china antigua de la Dinastía Yuan, las cajas lacadas japonesas del siglo XVIII y XIX. Cerámicas azules, amatista, ágata, malaquita, jade y onix en pequeñas joyas talladas en la Dinastía Quing. Me fijo en un biombo de Coromandel de China, del siglo XVII en madera, laca y papel, ejemplo perfecto del refinamiento y la estética oriental.

El museo nos lleva por la historia hasta encontrarnos con el arte europeo: Libros de Horas de Italia, Flandes, Inglaterra, Francia, todos de 1.400 y 1.500, Retablos con motivos religiosos y los grandes retratos al óleo del siglo XVII, de Rubens, Van Dyck, Rembrandt, Bugardini…. Pintores franceses del XVIII,  que comparten espacio y siglo con los muebles, tan dorados, y acompañados de exquisitas porcelanas.

La vista se relaja al encontrarse de frente con la figura blanca y perfecta de Diana, esculpida en mármol por Jean Antoine Houdon en 1.780. Una Diana cazadora hermosa, con actitud relajada y segura de sus flechas bien dispuestas.

La pintura inglesa del XVIII y XIX con el enorme naufragio de Turner y una pequeña sala con los retratos de Guardi a través de los que se recorren los canales y plazas de Venecia, dan paso a la bella y sonriente “Flora” de Carpeaux, hermosa figura femenina de mármol blanco,  que agachada y jugando a ponerse flores provoca una sonrisa.

Una vitrina de libros franceses, únicos, con ilustraciones y textos de Beaudelaire, Flaubert o George Sand, que muestran el ambiente literario y artístico parisino de finales del XIX. Auténticas joyas que apetece tocar y leer con reverencia y que comparten sala con los Impresionistas, Renoir, Monet, Manet, Millet, Boudin. Las rosas de Fantin, Latour, están al lado de los ángeles blancos de Rodin.

Para finalizar, en una pequeña sala se exponen las joyas modernistas de Rene Lalique, todo un lujo de delicadeza y arte en pequeñas piezas con motivos naturales, escarabajos, libélulas, hojas y plantas y flores hechas joya.

Este museo se merece un paseo tranquilo para disfrutar de su ambiente ecléctico y   cultivado. Un recorrido a través del arte que nos cuenta la historia de las civilizaciones, las diferencias y también lo común de un mundo que a lo largo de los siglos siempre persigue la belleza. Un museo que al tratarse de una colección privada traslada en todas sus piezas la alegría del coleccionista.

Todo un placer para el señor Calouste Gulbenkian.

Una colección presentada en un moderno y medido contenedor, donde las salas y los espacios están hecho a medida de la colección y de lo que quieren mostrar.

Antes de irme y para dedicar un rato a saborear las imágenes y sensaciones, me tomo un café y un pastel en la terraza de la cafetería del museo, en un jardín bordeado por un riachuelo en el que disfrutar de los últimos rayos de un sol otoñal con vocación de verano.

© Mabel Pérez Simal